miércoles, 4 de enero de 2012

Descubren el Arca de Noé en un glaciar de Turquía, aseguran expertos


El grupo Shamrock-The Trinity Corporation, asegura descubierto el Arca de Noé en un glaciar de Turquía en el monte Ararat. Daniel McGivern, presidente del grupo Shamrock, explicó que es una pieza rectangular, de madera, de unos 7,5 metros de ancho y 37,5 metros de longitud, a 7 metros de profundidad dentro de un glaciar de más de 90 metros de espesor, publica la agencia EFE.

El descubrimiento se hizo “mediante imágenes captadas por satélites militares y de la Agencia Central de Inteligencia, y de radar que penetra el suelo, se ha localizado el Arca de Noé a 5.059 metros de altura en las laderas del Ararat”, detalló McGivern.

McGivern, explicó que según la Biblia, el arca de Noe medía entre 120 y 165 metros, y que llegó allí como resultado del diluvio, aunque se pudiese recuperar un pedazo de la madera supuestamente incrustada en el glaciar del Ararat, el método del carbono 14 no serviría para indicar su antigüedad, dice McGivern,

La primera supuesta arca de Noé, ¿descubierta en el mismo lugar que la segunda?

El año pasado NoticiaCristiana.com, publicó una noticia el 28 de abril sobre el descubrimiento del Arca de Noé y el lugar que se citó es el mismo, el arca fue descubierta en Turquía en el monte Ararat, la montaña más alta ubicada en la actual Turquía.

Solo con la diferencia que quienes realizaron el descubrimiento eran un grupo de arqueólogos formado por expertos investigadores turcos y chinos. Uno de ellos, Yang Ving Cing, miembro de una organización dedicada a la búsqueda del arca, confirmó que el hallazgo era una estructura que data de unos 4. 800 años.

Yang Ving Cing, dijo que La estructura encontrada posee cuartos que bien pudieran haber conformado los compartimentos en los cuales estarían los animales. El mismo explorador, Ving, declaró que no están seguros al 100 por ciento que sea el Arca mencionada en la Biblia pero asegura que el porcentaje de que sí sea es de 99,9 por ciento.

Los pastores de Belén: una especie en peligro de extinción


“Adoro mis ovejas. Llevo toda mi vida con ellas”, dice con los ojos iluminados Carlos Sarras, un pastor de 74 años.

Sarras es parte de una especie en peligro de extinción. Es uno de los pocos pastores cristianos que quedan en Belén, en Cisjordania.

Lleva más de seis décadas cuidando de ovejas y cabras. En su granja de las afueras de Belén, hay buenas noticias: “¡Tiene un día!”, dice mientras muestra un cordero recién nacido.

“Y es macho”, dice con orgullo. Parece que su entusiasmo y energía no tienen límites.

Sin libertad de movimientos
Pese a la hospitalidad con que recibe a sus invitados, a los que ofrece su vino casero, Sarras no puede evitar comentar que la vida de un pastor palestino se ha convertido en algo cada vez más difícil.

”Hace 30 años no había edificios ahí. Solía llevar mis ovejas por toda el área. Pero ahora no puedo porque todos esas construcciones y ese maldito muro”

Según él, las fuerzas de seguridad israelí les imponen tal nivel de restricción en sus movimientos, que resulta casi imposible pastorear el rebaño.

“No podemos movernos. Si queremos ir a algún lado, necesitamos obtener un permiso”, se queja.

Belén es una de las ciudades palestinas que se ha visto más afectada por el muro levantado en Cisjordania. Según los israelíes, una valla defensiva, según los palestinos “el muro del apartheid”.

La barrera pasa justo entre Beit Jala, donde vive Sarras, y Belén.

Los israelíes aseguran que es algo necesario por razones de seguridad. Pero les hace la vida muy difícil a los palestinos, quienes no pueden atravesarlo sin permiso de Tel Aviv.

Asentamientos

Y desde el jardín de Sarras se puede ver otro obstáculo.

“Eso es un asentamiento”, señala a un muro perimetral de hormigón. Lo que aparece es Har Gilo, un enclave colono justo detrás de su propiedad.

Según el pastor, los asentamientos judíos suponen un enorme impacto en su vida y su trabajo.

“Hace 30 años no había edificios ahí. Solía llevar mis ovejas por toda la zona. Pero ahora no puedo por todas esas construcciones y ese maldito muro”.

Los asentamientos de colonos judíos en territorios palestinos ocupados salpican el paisaje por los alrededores de Belén.

Los pastores tienen que comprar comida para las ovejas que ya no pueden pastar en los alrededores.

Durante el tiempo que Sarras lleva viviendo allí, se han multiplicado de forma dramática.

Hace 40 años, eran sólo unos miles los colonos los que vivían en Cisjordania y Jerusalén Oriental, zonas que Israel tomó en la guerra de 1967.

“Demasiado duro”

Sarras comenta que los asentamientos se quedan con el agua y dividen las áreas en que el ganado puede pastar.

De hecho, incluso tiene que comprar comida para sus animales, algo que hace cada vez más difícil ganarse la vida.

Al hablar con su hijo Jamil, graduado universitario, parece que está claro que termina una era.

“Es demasiado duro. Intentaré continuar con la tradición lo que pueda, pero lo que hacen otros para ganarse la vida es más sencillo”, comenta.

Jamil comenta que ya ha descartado tres becas para estudiar en el extranjero para poder quedarse y ayudar a su padre, pero no sabe cuánto tiempo aguantará.

Ahora está dividido. “Todos mis estudios han resultado mucho más fácil que quedarme a ayudar a mi padre. Es duro”.

Durante décadas, Sarras ha pastoreado su rebaño en Belén. La pregunta es si habrá alguien que siga haciéndolo.

martes, 3 de enero de 2012

La Tragedia del Pecado



Rev. Carlos Guerra

Solo Cristo puede hacer de usted un hombre o una mujer nueva, y le permitirá recuperar lo que la lepra del pecado le ha arrebatado.

“Y el leproso en quien hubiere llaga llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta, y embozado pregonará: ¡Inmundo! ¡Inmundo! Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo; estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada”(Levítico 13:45-46).

En la Biblia se mencionan muchos tipos de enfermedades. Sin embargo, Dios hizo tal énfasis en la enfermedad de la lepra, que, a la diferencia de las demás dolencias, le dedicó varias leyes. Dicha enfermedad era peculiar, dado que no era tratada por los médicos, sino por los sacerdotes. Sus características estribaban en ser una enfermedad hereditaria, muy contagiosa y oculta, o sea, uno podía llevarla en el cuerpo muchos años sin percatarse de ello. Los primeros síntomas de la lepra eran unas pequeñas manchas blancas rojizas que aparecían en la piel, pero cuando el individuo las veía, ya era demasiado tarde para él.

El pecado funciona de la misma manera se inicia con cosas pequeñas, que juzgamos insignificantes y de las cuales pensamos que no afectan ni nuestro corazón, ni nuestra mente, ni nuestro cuerpo. La lepra del pecado se esparce poco a poco, hasta que carcome la moral y hunde al hombre y a la mujer en la más sórdida corrupción. Uno empieza con un trago de alcohol, con un cigarrillo, con una primera inyección de droga, con un poquito de pornografía y, cuando viene a darse cuenta, el pecado ya le está ahogando. Hoy día, al pecado se le ha minimizado y dicha palabra ha tomado un significado leve. Algunos prefieren pintar el pecado de otros colores, pero el pecado sigue siendo pecado a pesar de que se le cambie el color. Aunque estamos en el siglo XXI, la paga del pecado todavía es la muerte.

A través de este mensaje, deseo que logremos entender cuáles son los estragos del pecado y por qué debemos guardarnos de él. Poco importa nuestra posición en la Iglesia o en algún concilio; si el virus del pecado infecta nuestras vidas y bajamos la guardia en nuestra congregación al Señor, cualquiera de nosotros puede perder todo lo que hemos ganado.

El judío leproso no solo padecía de una enfermedad maligna, sino que también era considerado como una persona inmunda, impura, sucia. Por esta razón, tenía que vivir exiliado y alejado de su familia, de la ciudad, y se le trataba como a un paria de la sociedad. En efecto, los leprosos tampoco podían participar de las fiestas solemnes israelíes y, entre ellas, la fiesta anual de la Pascua. Dicha celebración era la más anhelada y concurrida por los judíos, quienes se sentían privilegiados al poder allegarse a la tierra santa para adorar al Señor.

Además del sufrimiento del aislamiento, el leproso pasaba por la terrible humillación de tener que advertir a los transeúntes sobre su enfermedad, pregonando ¡inmundo! por las calles mientras caminaba. Imagínese usted el terror que experimentarían los niños al ver a aquel personaje sin orejas, sin nariz, en harapos y hediondo dado la putrefacción. La gente se apartaba lo más posible de él, porque temían al contagio. Cuando el gentío se había alejado lo suficiente, entonces el leproso pedía si alguien le pudiera dar algo de comer; según la costumbre, se les hacía limosna de un trozo de pan o de algún pescado.

Amados, cualquiera de nosotros podía haber sido un leproso. Pero, en esta ocasión, vamos a imaginar que se trataba de un joven profesional, a quien todo le sonreía tanto en lo profesional como en su vida personal. Un día, su esposa nota algo extraño en su piel que se asemeja a unas manchas blancas rojizas, y le pregunta qué es aquello. Sin duda, él le contesta que eso no es nada, porque esta es la primera expresión que suelen emitir los que ya han sido infectados por el virus del pecado. A medida que las llagas se multiplicaban en el cuerpo, la mujer alarmada le indica que vaya al médico para un chequeo, y el joven empieza a preocuparse también. Qué sorpresa la suya cuando el médico le indica que, por ley, no tiene el derecho de diagnosticar esa enfermedad y le manda ante los sacerdotes.

Amados, existen dolencias que los médicos de esta tierra no entienden ni pueden solucionar. En sus vanos intentos y limitaciones, los especialistas le recetan a las personas somníferos o bien electrochoques. Sin embargo, lo único que hace la ciencia es mandar al paciente otra vez a su casa, sacudido por las descargas eléctricas recibidas y soñolientas, ¿por qué? Porque la medicina humana se encuentra sin recursos ante las enfermedades espirituales y las dolencias del alma, que tan solo un milagroso toque divino puede sanar y restaurar. Jesucristo es el único especialista que puede sanarle de la depresión, y de toda enfermedad moral que esté afectando su vida.

Entonces, aquel joven se dirige preocupado al templo, preguntándose cuál será la causa de aquellas manchas rojizas que el médico no puede diagnosticar. El sacerdote examina con cautela al paciente y, antes de emitir una opinión definitiva, le informa que lo va a encerrar durante siete días. El muchacho, pues, se va a despedir de su familia, prometiéndole, quizás, volver dentro de una semana. Todavía está convencido de que su enfermedad es benigna. A su regreso al templo, el levita le entrega el libro de la ley, para que lo lea y se familiarice con las reglas concernientes a los leprosos. El joven, extrañado, ojea el libro y se dice que no lo necesita porque no está enfermo. La más terrible tragedia del pecado es que la persona es completamente inconsciente de su estado, y piensa que todo está bien. El mal le está carcomiendo, y el pecador no se percata de ello.

Las manchas, no obstante, se siguen multiplicando y la angustia del joven también crece. Al final de los siete días el sacerdote le llama y, al verle, le declara lo que es obvio: éste padece de lepra. La primera reacción del joven es estallar en llanto y gritar de desesperación, porque su vida, su familia y sus planes están destruidos. Amados hermanos y amigos, esta es la segunda tragedia del pecado: destruye las vidas, las familias, los sueños, las ilusiones, las metas, la salud, las finanzas, etc. Nada ni nadie se puede escapar de sus garras, y afecta tanto al individuo como a todos los que le rodean.

A continuación, la próxima reacción del leproso es el rechazo ante la realidad. Nuestro joven se niega a aceptar las consecuencias del pecado y de la lepra que padece. ¿Cuántos no hacen como él? Esconden el rostro en la arena para no atenerse a las consecuencias que entrañan sus actos, pero este tipo de actitud no hace desaparecer los efectos del pecado.

En efecto, déjeme decirle que tan solo un cigarrillo le hace fumador, un trago de licor le hace alcohólico, una inhalación de marihuana le hace drogadicto. Si no consagramos nuestras vidas, el virus de la lepra puede infectarnos a todos. Quizás sus ojos tienen lepra, porque le ha echado un vistazo a una película o a una revista pornográfica; tal vez usted tiene las orejas leprosas, porque ha oído lo que no tenía que oír; quizás usted tiene la lengua leprosa, porque ha hablado mal de los siervos de Dios, de sus superiores, o de sus hermanos en Cristo; quizás tiene usted los pies leprosos, porque ha ido donde no tiene que ir; quizás tiene usted el bolsillo leproso, por haberle robado los diezmos al Señor.

La ley condenaba al leproso a ser exiliado con los demás enfermos durante el resto de su vida. ¡Qué terrible! Imagínese la tragedia hogareña que se armaría cuando la esposa y los hijos ven llegar al enfermo con las ropas rasgadas, como señal de gran calamidad. Ya no puede acercarse a sus familiares, menos abrazarles y, lo peor de todo, ha de gritarles que es inmundo.

Amado lector, otra de las tragedias del pecado es que quebranta a las familias, a los ministerios, a las iglesias y hasta los concilios. En efecto, el pecado es una fuente de división, de disensión, de alejamiento y de rechazo hacia los que le rodean a uno.

Como nos pasaría a todos, la llegada al pueblo de los leprosos en aquel joven provoca frustración, amargura de espíritu, tristeza y el sentimiento de haberlo perdido todo. Después de semanas y de meses en la leprosería, nuestro personaje piensa en el pasado y en lo bien que le iba la vida. También, con remordimientos, pide una oportunidad para hacer las cosas de forma diferente.

Querido amigo, no se mienta a sí mismo: aunque usted tuviera la oportunidad de volver a empezar en cero, volvería a cometer los mismos errores. En efecto, ni el remordimiento ni el hecho de torturarse a sí mismo pueden solucionar nada en su vida de pecado. Lo único que le permite empezar una vida nueva es el arrepentimiento que significa, en griego “dar media vuelta y seguir en la dirección opuesta”.

Pero, a medida que transcurre el tiempo, la condición del leproso no cesa de empeorar y ya casi está irreconocible. Hermanos, también es esta la tragedia del pecado: transforma al hombre en un monstruo, y los demás no logran creer que se trata de su hijo, de su padre, de su esposo, de un hermano de la congregación, de un gran evangelista, de un supervisor, de un presbítero. El pecado desfigura y destruye al hombre, a la mujer e incluso al niño.

Todo su cuerpo está hecho una llaga, tan solo conoce el dolor y desea morirse. Además, conforme la enfermedad empeora, los leprosos se tornan en personas maldicientes, irrespetuosas, de humores insoportables y odiosos. En efecto, maldicen a Dios, a la sociedad, a su familia y a toda persona que se les acerque. La depresión les embarga y pierden las ganas de vivir, de seguir hacia adelante, porque no le encuentran ningún sentido a su existencia en la tierra. El diablo, entonces, aprovecha la ocasión y les susurra al oído que se suiciden tirándose de un puente, tomando barbitúricos o disparándose una bala en la cabeza. Créame, esa no es la solución al problema de la lepra del pecado. Lo único que hace desaparecer esa lepra que está matando a fuego lento, es entregarle su corazón a Cristo.

Estimado lector, aún hay esperanza para usted, pese a la pésima condición en la que se encuentra. No importa lo que haya hecho o la situación por la cual está pasando. Tenga confianza, porque existe alguien quien es el remedio infalible contra la lepra que le carcome. Cristo sana los enfermos, abre los ojos a los ciegos, resucita a los muertos, y también sana a los leprosos.

Imagínese el encuentro del leproso con Jesús. Cuando el primero oye que se acerca una multitud, se levanta, listo para pregonar su condición de inmundo y verles apartarse de su camino. La caravana se detiene, en efecto, observando en silencio a ese monstruo que se aproxima, desfigurado por la enfermedad y hediondo. Pero, cuando alza la mirada, ve a alguien que, en vez de alejarse como los demás, se acerca a él. Amado, ¡Cristo no es como los demás! Haga como el leproso, quien “se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme” (Lucas 5:12).

La reacción de Cristo y los efectos de su toque divino no se hicieron esperar: “Entonces, extendiendo Él la mano, le tocó, diciendo: Quiero, sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él... sino ve, le dijo, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación, según mandó Moisés, para testimonio a ellos” (Lucas 5:13-14). El pecado destruye y desfigura, pero el toque purificador de Cristo entraña la restauración del individuo.

Amigo que lee estas líneas, solo Cristo puede hacer de usted un hombre o una mujer nueva, y le permitirá recuperar lo que la lepra del pecado le ha arrebatado. Pídale misericordia, Él extenderá su mano y le tocará con su poder. No se quede manchado; todavía hay limpieza en Cristo para usted. Dios le bendiga.

“El 2012 será un año de crecimiento para la obra” (audio)


El presidente del Movimiento Misionero Mundial en el Perú, reverendo Rodolfo González Cruz, envió un caluroso saludo por año nuevo a todo el pueblo cristiano. En ese sentido, recordó que es necesario continuar extendiendo el mensaje de Salvación por las naciones.
“Todos somos necesarios para evangelizar el mundo, todos somos importantes”, afirmó en un enlace desde Puerto Rico.
Además, mencionó que la Obra ha alcanzado muchas victorias gracias a la sana doctrina que se ha mantenido durante muchos años. “Mientras más se acerque la venida del Señor, más dura será la batalla”, añadió.

Escuche Aqui el audio del Rev. Rodolfo Gonzalez Cruz

Realizarán capacitación para maestros de escuela dominical en enero


El departamento de Escuela Dominical de la iglesia central del Movimiento Misionero Mundial en Lima organizará una edificante capacitación para maestros de esta importante área de la Obra de Dios.
La actividad se realizará desde el lunes 16 de enero hasta el sábado 21. La sede del evento será el “Auditorio Sinaí” del Colegio Internacional Elim de Pando, ubicado en el cercado de Lima.
Para más información llamar a los siguientes teléfonos 989274720 – 989274548

Presidente internacional del MMM envió mensaje por fin de año


Palabras de bendición de nuestro presidente a nivel mundial del M.M.M
recalcando el pasado 2011, y sabiendo que el nuevo lema SOMETIMIENTO 2012
sera una gran bendición para aquellos que deseen someterse a la palabra de Dios y a sus superiores
¡Dios Les Bendiga! y A Someterse. 

Año nuevo, Vida nueva



Rev. Luis M. Ortiz

No necesitamos esperar un año nuevo, ni estrenarnos un traje nuevo para gozar la sensación de lo nuevo, porque nosotros mismos todo nuestro ser, ha sido hecho nuevo. 
Para este tiempo del año la gente piensa mucho en lo nuevo, traje nuevo, calzado nuevo. La humanidad tiene una tendencia irresistible hacia lo nuevo, y equivocadamente consideran a los verdaderos seguidores de Cristo como gente anticuada y de mal gusto.

Nosotros los cristianos somos la gente de las cosas nuevas. No necesitamos esperar un año nuevo, ni estrenarnos un traje nuevo para gozar la sensación de lo nuevo, porque nosotros mismos todo nuestro ser, ha sido hecho nuevo. Vivimos en novedad de vida, y nuestro hombre interior se renueva de día en día. Igualmente hay los que consideran la Biblia como un libro anticuado, fuera de moda, pero la Biblia es un manantial de cosas nuevas, en ella nosotros encontramos en primer lugar: noticias nuevas.

El mundo estaba perdido en el laberinto del paganismo con sus millares de dioses y semidioses, con sus exigencias de sacrificios humanos, fundido en las tinieblas de la superstición enseñada por los sacerdotes paganos a través de los siglos.

Los hebreos aunque habían recibido más luz, con todo sus rituales y ceremonias les dejaban vacíos y necesitados, vivían bajo el pesado yugo de la ley. En la interminable sucesión de siglos, el mundo pagano se aferraba a sus antiguas prácticas buscando la salvación. Y el mundo hebreo se adhería a la letra de la ley, pero todo era inútil. Mas una noche serena y hermosa el espacio resonó con nuevas noticias para unos y para otros: “os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador que es CRISTO el Señor” (Lucas 2:11). Y cuando estas noticias nuevas son creídas y aceptadas, producen un nuevo nacimiento.

A causa del pecado la imagen de Dios en el hombre fue desfigurada. El hombre está muerto en delitos y pecados, se requiere un nuevo principio, una nueva creación, un nuevo nacimiento, a eso se refería el Señor cuando dijo a Nicodemo: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). En este nuevo nacimiento, somos engendrados de Dios por medio del Espíritu Santo. Si la creación del primer hombre fue la obra maestra de la creación, la regeneración o la nueva criatura es la obra maestra de la eternidad. La multiforme sabiduría de Dios es notificada a todo el universo por medio de los nacidos de nuevo, el que “está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).

Esta nueva criatura posee un nuevo corazón. El corazón es el asiento de nuestras emociones, es el centro mismo de nuestro ser, por naturaleza el corazón es engañoso y perverso. Cristo declaró que “del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, lo adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, las lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez” (Marcos 7:21-22). En vista de estas cosas, es que Dios dice: “Os daré un corazón nuevo… y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne” (Ezequiel 36:26).

Además de un corazón nuevo también nos es dada una mente nueva. La mente es la antesala del espíritu humano, a la mente acuden los demonios con sus malos pensamientos. Cuando esos pensamientos son recibidos en la mente, llegan hasta el corazón y de allí dominan el espíritu. La mente ejerce un poder tan determinante en nuestras vidas, que dice la Palabra de Dios: “como el hombre piensa, así es él”.

La mente del hombre sin Cristo está llena de pensamientos impuros, es por ello que la Palabra de Dios nos exhorta a renovarnos en el espíritu de vuestra mente (Romanos 12:2). Entonces con una mente nueva podemos pensar en todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo que es de buen nombre, en todo lo virtuoso (Filipenses 4:8).

Y como un complemento indispensable de esta nueva criatura también nos es dado un cuerpo renovado. El cuerpo del hombre sin Cristo es juguete de las pasiones del alma. El alma pecaminosa tiene su gratificación impura por medio del cuerpo. Los miembros del cuerpo son ahora instrumentos de iniquidad, el amo es el espíritu humano controlado por el alma pecaminosa, el cuerpo es el esclavo, el alma pecaminosa manifiesta su maldad por medio del cuerpo. “Y manifiestas son las obras de la carne (esto es el alma operando por el cuerpo), que son: adulterio, fornicación, inmundicia… y cosas semejantes a estas” (Gálatas 5:19-21).

Se hace pues necesario que nos sea dado un cuerpo renovado. “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros… vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu” (Romanos 8:11) para que vuestro espíritu, alma y cuerpo sea guardado entero, sin reprensión, en paz. Y con este cuerpo renovado nuestros miembros son presentados a Dios como instrumentos de Justicia: manos, pies, ojos, lengua, oído, todo consagrado a Dios, no para que se manifieste un alma pecaminosa, sino para que se manifieste el Espíritu de Dios.

Esta nueva criatura, con corazón, mente y cuerpo nuevo, no queda desconectada o aislada del Señor. El hombre sin Cristo es víctima del diablo, es débil, no tiene fuerzas morales, ni espirituales, ni físicas para resistir al demonio, pero la nueva criatura tendrá nuevas fuerzas. Ahora esta nueva criatura puede cumplir el primer y grande mandamiento que dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:37; Deuteronomio 6.5). Y puede cumplirlo porque tiene todo su ser renovado.

El mundo está lleno de violencia, de odios, de guerras. ¿De dónde vienen esas cosas? De la codicia y el egoísmo, estas dos pasiones humanas son las que rigen las relaciones humanas (Santiago 4:1-2). Pero ahora esta nueva criatura es gobernada por la virtud del amor. “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros”, aun a sus enemigos, “amad a vuestros enemigos” (Juan 13:34; Mateo 5:44). Y “en esto conocerán todos que sois mis discípulos (que somos nuevas criaturas), si tuviereis amor los unos y los otros” (Juan 13:35). “Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Juan 4:7-8).

Y para esta nueva criatura están reservadas las más brillantes y gloriosas perspectivas, tendrá un nombre nuevo. De aquellos que viven olvidados de Dios, dice la Escritura que serán escritas en el polvo, un lugar muy inseguro para escribir, pronto se borra toda, pero de la nueva criatura se dice: “Y te será puesto un nombre nuevo que la boca de Jehová nombrará”. Y también dice: “Y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe” (Apocalipsis 2:17).

También viviremos en una nueva ciudad, la morada final de los perdidos es escrita en las Escrituras con las palabras solemnes y terribles: tinieblas de afuera, hornos de fuego, él ha visto el infierno, lago de fuego y azufre, y si esta descripción es tan terrible, ¿cómo será la realidad? Pero la nueva criatura adorará en las regiones celestiales de mi Dios, la Nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo de mi Dios, una nueva ciudad cuyos fundamentos son piedras preciosas,  cuyas puertas son perlas, cuya plaza de oro como vidrio trasparente, cuyo templo es el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero, cuya luz es el resplandor de Dios, y el Cordero es su lumbrera. En ella no entrará cosa sucia que hace abominación y mentira, sino los que están escritos en el libro de la vida del Cordero, allí serán también los Cielos Nuevos y la Tierra Nueva (Apocalipsis 21 y 22).

Y como un glorioso resumen de todo esto, nuestro Dios enfáticamente declara: “He aquí, yo hago nueva todas las cosas” (Apocalipsis 21:5).