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jueves, 15 de diciembre de 2011

La letra mata, mas el espíritu vivifica


La oración fuente de poder: Libro II
Pero, sobre todo, se distinguió en la oración. La interioridad y gravedad de su espíritu, la reverencia y solemnidad de su discurso y de su actitud, la parquedad y plenitud de sus palabras, han movido a menudo la admiración aun de los extraños, como al mismo tiempo aportaban la consolación para otros.  Debo decir que nunca he sentido ni contemplado algo más importante, vivo y respetuoso que sus oraciones. Y de veras fueron un testimonio del poder de Dios. Vivía más cerca del Señor que otros hombres, y lo conocía mejor pues los que lo conocen mejor, encontrarán más razones para acercarse a Él con reverencia y temor.William Penn, hablando de George Fox.

Los privilegiosmás precisos pueden producir los frutos más amargos por una ligera perversión. El sol da vida, pero la insolación da muerte. El objeto de la predicación es dar vida, pero a veces mata. El predicador tiene las llaves del corazón y con ellas lo abre o lo cierra.  Dios ha instituido la predicación para que la vida espiritual germine y madure. Cuando se aplica debidamente, sus beneficios son inmensos; en caso contrario, sus resultados perjudiciales no tienen comparación. Es fácil destruir el rebaño, cuando el pastor está descuidado o los pastos se han acabado; es fácil tomar la fortaleza si los centinelas se han dormido o el alimento y el agua se hallan envenenados. Estando investida de tan espléndidas y expuesta a tan grandes males, encerrando tan graves responsabilidades, sería una parodia de la malignidad del demonio y un libelo de su carácter y reputación, si él no usara sus hábiles influencias para adulterar al predicador y a sus mensajes. En presencia de todo, cabe la pregunta de Pablo: ¿Y para estas cosas quién es suficiente?

El mismo Pablo contesta: "Nuestra suficiencia es de Dios; el cual a si mismo nos hizo ministros suficientes de un nuevo pacto; no de la letra, más del espíritu; porque la letra mata, más el espíritu vivifica". El verdadero ministro está influenciado, capacitado y formado por Dios. El Espíritu de Dios unge al predicador con poder, el fruto del Espíritu está en su corazón, el Espíritu de Dios vitaliza al hombre y a la palabra; su predicación da vida, como la fuente de vida, como la resurrección de vida; vida ardiente como la que produce el verano, vida llena de frutos como el otoño. El predicador que da vida es un hombre de Dios, cuyo corazón tiene sed continua de Dios, cuya alma suspira constantemente por Dios, cuyo ojo es sencillo para con Dios y quien, por el poder del Espíritu Santo ha crucificado la carne y el mundo, y su ministerio es como la corriente generosa de un río vivificante.

La predicación que mata es la predicación carente de espiritualidad. La habilidad del predicador en este caso no proviene de Dios. Otras fuentes no divinas le han dado su energía y estímulo. El Espíritu no se revela ni en el predicador, ni en su predicación. El mensaje que mata pone en juego muchas fuerzas, pero no son fuerzas espirituales. Pueden parecer como tales, pero no son más que una sombra, un engaño; parece que tienen vida, pero es una vida magnetizada. La predicación que mata solo se preocupa por la letra; está bien ordenada y presentada, pero es más que letra seca, hueca, vacía. Aunque la letra tenga el germen de la vida, le falta para brotar el aliento de la primavera; es como las semillas del invierno, dura como el suelo, helada como el aire invernal, sin deshielo ni germinación. La predicación de la letra tiene la verdad. Pero aun la verdad divina no tiene energía por sí sola para dar vida; necesita ser reforzada por el Espíritu, quien se apoya en toda la omnipotencia de Dios. La verdad que no está vivificada por el Espíritu de Dios mata tanto como el error o aun más. Aunque sea la verdad pura, si carece del Espíritu, su contacto es mortal, su verdad error, su luz tinieblas.

La predicación de la letra no tiene unción del Espíritu, no está madurada por Él. A veces lleva lágrimas, pero las lágrimas no mueven la maquinaria de Dios; pueden ser como la brisa del verano sobre una montaña de hielo, que solo causa un ligero reblandecimiento en la superficie. Puede ser que haya sentimiento y entusiasmo, pero no es más que la emoción del actor, el acaloramiento del abogado.

El predicador se siente encendido por sus propias chispas, elocuente en la presentación de su propia exégesis y con afán de presentar lo que produce su propio cerebro; es el profesor usurpando el lugar y el fuego del apóstol; la inteligencia y los nervios simulando la obra del Espíritu de Dios y de esta manera la letra brilla y flamea como un letrero iluminado, pero a pesar del resplandor hay tan poca vida como la de un campo sembrado de perlas. El elemento mortífero se esconde detrás de las palabras, del sermón, de la ocasión, de los ademanes y de la acción. El gran obstáculo está en el predicador mismo. Le falta el poder vivificante. Quizá no haya nada que decir de su ortodoxia, de su honradez, de su pureza, de su sinceridad, pero, por alguno que otro motivo, el hombre, el hombre interior, en lo más íntimo de su corazón, no se ha quebrantado ni se ha rendido a Dios, y por lo tanto, su vida interior no es camino real por donde puedan pasar el mensaje y el poder de Dios. En el lugar santísimo de su alma domina el yo y no Dios. En algún punto, inconsciente para el predicador, ha sido tocado su ser interior y ha sido cortada la corriente divina. En su ser íntimo no ha sentido la bancarrota espiritual, su completa ineficacia; nunca ha sabido clamar con voces inefables de desesperación y desamparo hasta conseguir que el fuego y el poder de Dios entren en él y lo llenen, purifiquen y fortalezcan. La vanidad, la confianza propia en alguna forma perniciosa, han profanado el templo que debería estar consagrado a Dios. La predicación que da vida demanda mucho del predicador -la muerte del yo, la crucifixión del mundo, el sufrimiento del alma. Solo la predicación crucificada puede dar vida. Esta predicación solo puede venir de un hombre crucificado.

"Todos los despertamientos empiezan en la cámara secreta; ningún corazón arde en fe sin mucha conversación secreta con Dios, y nada puede sustituir su falta".
Berridge


Sin Santidad nadie verá al Señor


"Hay muchos  que reclaman cristianismo y piedad pero solo en la Iglesia o en cosas relacionadas con la religión. Pero a espaldas de ellas son tan libertinos, pervertidos y mundanos como el que más. Caín fue tan religioso como Abel (...) No había diferencia en la apariencia, pero sí la había en la actitud..." 
Santidad, palabraque desagrada al diablo, al desconocedor de Dios y a los cristianos ajenos a la realidad de una experiencia salvadora. Santidad- que suena a ridiculez, estrechez y extremismo al cristiano libertino y mundano. Santidad – que es mirada con menosprecio por el hombre que ama más los deleites y placeres que ha Dios. Pero que en el sentido claro y definido de la Biblia se relaciona con Dios, con el Cielo y con lo sublime. Santo, en el sentido de perfección absoluta solo lo es Dios. Santas tienen que ser aquellas cosas, fines y medios que se relacionen con Él. Santo, tiene que ser el hombre que reclame su paternidad. “Sin santidad nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14).

Hay muchos  que reclaman cristianismo y piedad pero solo en la Iglesia o en cosas relacionadas con la religión. Pero a espaldas de ellas son tan libertinos, pervertidos y mundanos como el que más. Caín fue tan religioso como Abel. Él también trajo una ofrenda a Dios. No había diferencia en la apariencia, pero sí la había en la actitud y disposición del corazón.

Ante el ojo humano los dos eran dos buenos religiosos; ante el ojo divino Caín era del maligno, Abel fue el santo que encabezó la gran nube de testigos que forman la lista de héroes de la fe del capítulo 11 de Hebreos. Y dice: “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella” (Hebreos 11:4).

Caín odió a Abel por su santidad, consagración y justicia. Porque la santidad, pureza y limpieza donde quiera que éstas se hallen son un desafío abierto al mal, mostrando que la gracia y la misericordia de Dios es suficiente para hacernos vencedores sobre el pecado. Y este desafío despierta el odio y venganza de aquellos que dominados por el mal no saben lo que es vivir vidas santas y victoriosas en Dios. Juan en su primera epístola escribe: “No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas. Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece” (1 Juan 3:12-13).

He ahí la razón de por qué muchos sienten pánico a la santidad. Porque significa romper sin componendas, sin alianzas, sin treguas con el diablo, el mundo y la carne. Porque significa crucificar nuestro yo, hasta reducirlo a un segundo plano y colocar a Cristo sobre un trono alto y sublime en el templo de nuestro corazón y proclamarle: “Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos, toda mi vida está llena de tu gloria”, porque implica vivir sobre las circunstancias, ambiente y gente que nos rodea. Porque requiere profundidad de convicciones, creencia arraigada, valor puesto a prueba, renunciamiento completo: y eso, hermanos míos, solo se consigue cuando el creyente tiene una experiencia real, personal y definida de un Cristo Salvador y Santificador. Cuando es un indagador sincero de la Biblia y un devoto de la oración. Jamás habrá santidad donde no hay devoción para la Biblia y la oración. “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca” (Mateo 7:24).

El cristiano santo vence el mal con el bien, las tinieblas con la luz. El cristiano mediocre, porque no tiene convicciones ni experiencia propia, se compromete, se mezcla, se corrompe. Jamás tiene valor para decir un NO rotundo a la tentación. Obedece como un autómata a los deseos de la carne yendo a parar con los muchos que siguen la senda ancha y espacios de la perdición. Luego tratan de encubrir sus deslices carnales con la filosofía diabólica y barata de: “pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40). Cuando Pablo escribió esto, se refería al uso que gobierna los dones del Espíritu Santo, y no a tomar unos traguitos de licor; fumar unos cigarrillos, maquillarse con más o menos moderación, acudir al cine de vez en cuando, guardar rencores en el corazón. NO. Pero el diablo odia y aborrece la santidad e inspira ese mismo odio a los hombres y aun en los cristianos. Por qué crucificaron a Cristo, cuando aún el mismo Pilato confesó: “Yo no hallo delito en este hombre”. Cuando el pueblo testificaba: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!”

¿Por qué sin piedad flagelaron su carne de pureza filial con el látigo, coronaron sus augustas sienes con espinas, taladraron sus virtuosas manos con los clavos, desgarraron sus bienhechores pies con el madero, y abrieron su amoroso pecho con una impía lanza? ¿Por qué cometió el hombre tan terrible villanía? Por la misma razón que Caín mató a Abel, que Herodías pidió la cabeza del Bautista; que apedrearon a Esteban; que apuñalaron a Santiago; que crucificaron a Pedro; que Nerón cercenó la cabeza de San Pablo y que la Roma imperial arrojó los cristianos a las fieras y a la hoguera.

Por la misma razón que una iglesia con pretensiones de única y escogida por Dios, pero libertina e impía en el Concilio de Constanza prendió fuego a Juan Huss atado a un poste en la plaza pública. Por la misma razón alquilaron a matones mercenarios para que asesinaran a Lutero a mansalva la noche antes de presentarse a la Dieta de Worms. Por la misma razón que Juan Bunyan languideció en una hedionda y corrupta prisión, privado del amor de los suyos, especialmente de su hijita ciega donde añoró con ansias abrazarla, pero impedido por los barrotes de aquella inmunda celda; y por la misma razón que Tyndale titiritando desde un calabozo de Inglaterra escribió suplicando a un inhumano comisario en un crudo invierno: “Si vuestra señoría me permitiese tener de mis pertenencias que vos retenéis, una polainas, una camisa de lana y un gorro para calentar mi cabeza”.

¿Por qué el que se dispone a servir en santidad de cuerpo, alma y espíritu padece sin razón aparente? Porque “la luz vino al mundo, y los hombre amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz para que sus obras no sean reprendidas” (Juan 3:19-20).

Pero a despecho de todo eso hay un llamamiento de Dios al cristiano a la separación. “Así que, hermanos os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestro cuerpo en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Romanos 12:1). “Por lo cual salid de en medio de ellos, y apartaos dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:17-18).

Si hermano, el llamamiento más grande que Dios ha hecho es a ser Santos: No es lo que se ostente o se aparente ser. Es lo que se viva y se practique.

“Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoque el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2:19).

Instrumento escogido



“Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo”, Hechos 9:17.

El propioSaulo de Tarso que pensaba entrar a Damasco, como el gran e invencible campeón contra los cristianos, tuvo que entrar ciego tomado de la mano, a buscar ayuda espiritual de un hombre de Dios, a Ananías, precisamente a quien iba a perseguir.

Amados, pero a la vez que el verdadero hombre de Dios, es el hombre más necesario y útil en la comunidad, es también el más sufrido, si alguien va a hacer un instrumento en las manos de Dios, el tal tiene que ser preparado en las manos de Dios de la manera que Dios cree necesario, como el alfarero que le da la forma como quiere al barro, o como las manos de Cristo partiendo el pan para alimentar a la multitud.

O como al propio Pablo que habiendo sido privado en Jerusalén e instruido a los pies de Gamaliel, circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos, en cuanto a la ley fariseo, en el judaísmo aventajaba a muchos de sus contemporáneos en su nación, siendo mucho más que otros en las tradiciones de sus padres, pero el Señor lo llevó a un retiro de varios años en Arabia para moldearlo y prepararlo, de manera que pudiera decir: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo”(Filipenses 3:7-8). De modo que Pablo entendió que sus títulos y credenciales no era lo que realmente necesitaba para la labor que el Señor le había encomendado y cuando reconoció esto, fue entonces que recibió las grandes revelaciones y ministerios de la iglesia.

El Señor le dijo a Ananías refiriéndose a Saulo: “Porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre”, y el apóstol en plena labor escribió: “Que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, más no desesperados; perseguidos, más no desamparados; derribados, pero no destruidos… en tribulaciones, en necesidades, en angustias; en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos; en pureza, en ciencia, en longanimidad, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero, en palabra de verdad, en poder de Dios, con armas de justicia a diestra y a siniestra; por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama; como engañadores, pero veraces; como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, más he aquí vivimos; como castigados, más no muertos; como entristecidos, más siempre gozosos; como pobres, más enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo… en trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces. De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias”(2 Corintios 4:8-9; 6:4-10; 11:23-28).

Desde temprano los enemigos del apóstol, le acusaban de ser voluble, carnal, que se enseñoreaba, que era duro e insensible, que no perdonaba, que falsificaba la Palabra, que no daba cartas de recomendación, que era incompetente, mediocre, que adulteraba la Palabra, que se predicaba asimismo, que se desalentaba, que se enseñoreaba, que estaba loco, que no tenía ministerio, que era un tropezadero, que agraviaba, que era un dictador, que solicitaba ofrendas, que era muy exigente, que andaba según la carne, que amedrentaba a los hermanos, que era corto en la palabra, que despojaba a las iglesias, que era una carga, que no se preocupaba de los hermanos, que no era apóstol, que era engañador, que era débil. El apóstol resume todo lo que él había pasado por el nombre de Cristo en una sola frase: “yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús”(Gálatas 6:17).

Amados, esta es la medida de que Dios puede usar una vida, la medida del padecimiento por el nombre del Señor y de la Obra de Dios. En el año 1978 el Señor me habló y me dijo: “que los años más fructíferos de mi ministerio estaban por delante”, a los dos meses me habló sobre lo mismo, me reafirmó lo mismo y añadió: “que el precio sería más y mayores padecimientos”. Y así fue, después de esas palabras del Señor, comenzamos a sufrir como nunca antes habíamos sufrido por el nombre y la Obra del Señor, pero a la vez jamás el Señor se había glorificado tanto, pues la Obra había crecido y desarrollado tanto.

Dios mantiene a sus verdaderos hombres alternando entre la tormenta y la bonanza, entre la mirra y la miel, entre el desprecio y el reconocimiento. Al apóstol Pablo le fue dado un aguijón en su carne, un mensajero de Satanás que le abofeteara para que no se enalteciera sobremanera (2 Corintios 121:7-9). Esto Dios lo permite para que su instrumento no olvide que tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no de los hombres, por esto puede que el hombre de Dios ascienda hoy a las alturas del monte de la transfiguración, y mañana puede que esté en el valle de la aflicción.

El verdadero hombre de Dios puede hoy levantar su voz y su predicación y mañana puede estar tembloroso, siendo acusado como falso apóstol. Hoy puede estar jubiloso por el éxito, mañana puede estar frustrado por la adversidad. Hoy todos le buscan, mañana todos lo dejan. El verdadero hombre de Dios está siempre en el yunque en el cual Dios lo está formando conforme la voluntad divina y a la necesidad y condición del pueblo, aunque otros quieran hacer lo que quieran, el verdadero hombre de Dios no puede. Pablo dijo: “todo me es lícito, pero no todo conviene”(1 Corintios 10:23), otros podrán buscar sus propios intereses, el verdadero hombre de Dios no; otros podrán tratar de perseguir sus propias metas, el verdadero hombre de Dios no; otros podrán vanagloriarse, el verdadero hombre de Dios no lo hará; otros podrán darse mucha promoción y publicidad, el verdadero instrumento de Dios no lo hará; otros podrán ser reconocidos y homenajeados, pero a los instrumentos escogidos de Dios, Dios prefiere mantenerlos en el fragor de la batalla y otras veces bajo la sombra del Omnipotente.

Veamos al patriarca Abraham que después del gran conflicto en el monte Moriah en la ocasión del sacrificio de su amado hijo Isaac, por su obediencia, Dios le confirmó el pacto con relación a su descendencia y lo llamó amigo. Veamos al gran Moisés, abriendo y cerrando el Mar Rojo, y también veamos en su angustia enterrando el rostro en tierra ante la insolente rebelión de Coré y de su séquito. Veamos al poderoso profeta Elías, después de hacer bajar fuego del cielo en el monte Carmelo, lo vemos después en gran aflicción huyendo como una hoja azotada por el viento, escondido en una cueva y deseando la muerte. En toda la historia de la Iglesia no ha habido otro hombre de Dios que haya interpretado mejor a Cristo y su Evangelio, que haya recibido la revelación del misterio de la Iglesia y que haya influenciado más en la vida espiritual de la Iglesia en toda su historia como el apóstol Pablo, pero aún no ha habido otro hombre de Dios que haya padecido más por el nombre de Cristo que el apóstol Pablo.

Quién quiera el ungido manto de Elías, juntamente da, las amargas aflicciones del logro, las angustias de la huida por el odio de Jezabel, el escondite en la cueva de Horeb, la apatía y la indiferencia del pueblo. Quien quiera el éxito del ministerio de Pablo, acepte los padecimientos del ministerio de Pablo, quien quiera la gracia y la visión de Pablo, acepte el aguijón que abofeteaba a Pablo, quien quiera la posición de Pablo en la Iglesia, acepte las agonías y martirios de Pablo en el trabajo de la Iglesia.

Y desde luego tenemos el ejemplo cumbre de nuestro Señor Jesucristo, que en un solo capítulo de la Biblia, que tiene solo doce versículos, Isaías 53, que registra 39 clases de padecimientos de nuestro Señor, y que luego el Espíritu Santo usando al apóstol Pablo resume como sigue: “Haya pues en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual siendo en forma de Dios , no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”(Filipenses 2:5-11).

Dios mantiene a sus verdaderos hombres alternando entre la tormenta y la bonanza, entre la mirra y la miel, entre el desprecio y el reconocimiento. Al apóstol Pablo le fue dado un aguijón en su carne, un mensajero de Satanás que le abofeteara para que no se enalteciera sobremanera.

Rev. Luis M. Ortiz
• Parte II

El Cristo imprescindible


Rev. Luis M. Ortiz

Nuestro Señor Jesucristo se proclama ante el mundo como el Cristo imprescindible, esto es: Él tiene toda potestad y sin Él nada podemos hacer. La mayoría de la humanidad no ha querido aceptar esta reclamación de Cristo y ha querido prescindir de Él y esta es la razón por la cual este mundo sigue de mal en peor. La crisis sigue cada vez más compleja.
“Y me volví para ver la voz del que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho por un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas. Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades”(Apocalipsis 1:12-18).

Nuestro Señor Jesucristo dijo: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra”, Mateo 28:18; también afirmó: “Porque separados de mí nada podéis hacer”, Juan 15:5. Por medio de estas contundentes declaraciones, nuestro Señor Jesucristo se proclama ante el mundo como el Cristo imprescindible, esto es: Él tiene toda potestad y sin Él nada podemos hacer.

La mayoría de la humanidad no ha querido aceptar esta reclamación de Cristo y ha querido prescindir de Él, y esta es la razón por la cual este mundo sigue de mal en peor; la crisis sigue cada vez más compleja.

Hay crisis en lo internacional, en lo nacional, en lo familiar, en lo político, en lo social, en lo económico, en lo industrial, en lo moral, en lo docente, en lo religioso. Al prescindir de Cristo la humanidad siempre ha procurado un remedio sustituto para sus males.

En la antigüedad acudió al politeísmo: esto es para muchos dioses. Un dios para cada fuerza natural, buscando protección y ayuda de tales dioses, ideó un dios para la lluvia, otro para el fuego, otro para el viento, otro para el mar, para la guerra, para el amor, etc., pero todo resultó inútil.

Más tarde, siguiendo el mismo patrón del paganismo surgió el polisantismo, o sea, un santo de devoción para cada necesidad o problema: San Miguel para proteger, San Rafael para defender, Santa Clara para aclarar, San Antonio para el romance, San Pascual Bailón para los bailadores, etc. Pero todo igualmente ha resultado inútil. Dice el proverbio popular: “Cuando Dios no quiere, santos no pueden” y las palabras de Cristo siguen en toda su vigencia: “Toda potestad me es dada en los cielos y en la tierra”y “sin mí nada podéis hacer”.

Habiendo fallado el politeísmo y el polisantismo; ahora el hombre prescindiendo siempre de Cristo, ha acudido al policientismo, esto es mucha ciencia, una ciencia para cada poema, para cada necesidad, hasta las llamadas “ciencias ocultas”, ocultismo. Mucha ciencia, mucho conocimiento, mucho estudio, mucho examen, mucho análisis. Toda ciencia que prescinde de Dios es falsa ciencia, y por esta falsa ciencia han florecido tantas vanas filosofías con sus intrincados vanos laberintos, que jamás logran resolver los problemas humanos.

Los problemas morales y espirituales del hombre, son los que originan los demás problemas humanos, y todas las especialidades científicas, toda la ciencia de los hombres que prescinde de Cristo jamás podrá resolver los problemas fundamentales del hombre.

Ni la psicología, ni la sociología, ni la psiquiatría, ni la parasicología, ni el psicoanálisis, ni el humanismo, ni el existencialismo, ni el hipnotismo, ni el teosofismo, ni el espiritismo, ni el ocultismo, ni ninguna ciencia que prescinde de Cristo podrá cambiar el corazón del hombre pecador y darle verdadera felicidad, santidad, y abundante vida eterna; y ante una multitud de ciencias frustradas, siguen resonado las palabras de Cristo: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra”y “sin mí nada podéis hacer”; Cristo es imprescindible.

Y por esta abierta rebelión del hombre contra su Hacedor, por esta marcada tendencia de ignorar a Dios y de prescindir de Cristo echándolo del santuario, del hogar y del altar familiar, prohibiendo la oración y la lectura de la Biblia en las escuelas, sustituyendo la verdadera adoración a su nombre en las iglesias, con ceremonias y ritualismos vacíos, socavando los principios bíblicos de la nación por las decisiones anticristianas de los gobiernos.

Sí, por todo eso y por mucho más que puede decirse, es por eso que el mundo va de mal en peor, y los problemas cada vez son más complejos y más alarmantes, tales como guerras, revoluciones, huelgas e inflaciones, odio, violencia, crimen, muerte, terremotos, desastres, plagas, hambres, incendios, robos, saqueos, atracos, drogas, vicios, delincuencia, vandalismo, terrorismo; degeneración, indecencia, sexualismo, nudismo, sodomía, lesbianismo, corrupción, puesto que todos los sistemas y esfuerzos humanos han fracasado; entonces todos descargan la culpa, la responsabilidad última en el individuo, y el ideal griego dice: Hombre, conócete a ti mismo; el ideal romano dice: Hombre, domínate a ti mismo; el ideal chino dice: Hombre, mejórate a ti mismo; el ideal budista dice: Hombre, aniquílate a ti mismo; el ideal brahaman dice: Hombre, profundízate a ti mismo; el ideal mahometano dice: Hombre, humíllate a ti mismo; el ideal católico dice: Hombre, sálvate a ti mismo; el ideal moderno dice: Hombre, supérate a ti mismo; y cada cual se apartó de su camino. Pero el Cristo imprescindible dice: Hombre, “toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra”, y “sin mí nada podéis hacer”, “venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”.

Cristo es imprescindible, al perdido dice: Yo soy el camino; al que está en error dice: Yo soy la verdad; al extraviado: Yo soy la puerta; al sediento: Venga a mí y beba; al hambriento: Yo soy el pan de vida; al descarriado: Yo soy el buen pastor; al que está en tinieblas: Yo soy la luz; al cansado: Yo os haré descansar; al que no tiene paz: Mi paz os doy; al enfermo: Yo soy tu sanador; al moribundo: Yo soy la resurrección y la vida.

Confesó las Sagradas Escrituras, libro por libro, de Génesis a Apocalipsis, presenta Cristo una capacidad distinta. En Génesis: Cristo es la simiente de la tierra; en Éxodo: Cristo es el cordero pascual; Levítico: Sumo sacerdote; Números: Columna de fuego y nube de sombra; Deuteronomio: Profeta anunciado; Josué: Capitán de nuestra salvación; Jueces: Legislador; Ruth: Valiente redentor; Samuel: Confiable profeta; Reyes y Crónicas: Rey entronado; Esdras y Nehemías: Restaurador, Esther: Nuestro Mardoqueo; Job: Redentor que vive; Salmos: Buen pastor; Proverbios y Eclesiastés: Sabiduría; Cantares: El amado; Isaías: Príncipe de paz; Jeremías: Renuevo; Lamentaciones: Profeta que llora; Ezequiel: Maravilloso; Daniel: El cuarto varón; Oseas: Fiel esposo; Joel: Bautizador en Espíritu Santo; Amós: Que lleva nuestras cargas; Abdías: Poderoso para salvar; Jonás: Gran misionero; Miqueas: Mensajero; Nahum: Vengador; Habacuc: Evangelista; Sofonías: Salvador; Zacarías: Fuente; Malaquías: Sol de justicia.

En el Nuevo Testamento, Cristo aparece en Mateo: Como el Mesías; Marcos: Como honor de milagros; Lucas: Como Hijo de Hombre; Juan: Hijo de Dios; Hechos: Dador del Espíritu Santo; Romanos: Justificador; Corintios: Santificador; Gálatas: Redentor; Efesios: Poseedor de riquezas; Filipenses: Proveedor, Colosenses: Plenitud de la divinidad; Tesalonicenses: Rey que viene; Timoteo: Mediador; Tito: Fiel pastor, Filemón: Amigo fiel; Hebreos: Testador; Santiago: Gran sanador; Pedro: Príncipe de los pastores; Juan: Amor; Judas: El Señor que viene; Apocalipsis: Rey de reyes y Señor de Señores.

Verdaderamente Cristo es imprescindible, en Él tenemos un amor que no puede ser medido, una vida que no puede medir, una justicia que no puede ser variada; una paz que no puede ser quitada, un descanso que no puede ser interrumpido, un gozo que no puede ser turbado, una esperanza que no puede ser burlada, una luz que no puede ser apagada, una gloria que no puede ser nublada; en Él estamos cumplidos, y en Él lo tenemos todo. Cristo es el todo, sin Él nada tenemos, nada somos, nada sabemos, nada podemos, sin Él estamos perdidos; CRISTO ES IMPRESCINDIBLE.

Amigo, ven a Cristo en este momento, recíbele en tu corazón, pídele perdón por todos tus pecados, y por vagar lejos de Él. Dile en estos instantes: Yo vengo a ti Jesús divino, cansado de vagar por mil senderos. Hoy te acepto como único camino que conduce a mi hogar, allá en el Cielo.
  
Hay crisis en lo internacional, en lo nacional, en lo familiar, en lo político, en lo social, en lo económico, en lo industrial, en lo moral, en lo docente, en lo religioso. Al prescindir de Cristo la humanidad siempre ha procurado un remedio sustituto para sus males.

Cristo es imprescindible, al perdido dice: Yo soy el camino; al que está en error dice: Yo soy la verdad; al extraviado: Yo soy la puerta; al sediento: Venga a mí y beba; al hambriento: Yo soy el pan de vida; al descarriado: Yo soy el buen pastor; al que está en tinieblas: Yo soy la luz; al cansado: Yo os haré descansar; al que no tiene paz: Mi paz os doy; al enfermo: Yo soy tu sanador; al moribundo: Yo soy la resurrección y la vida.

No nos podemos detener


Rev. Gustavo Martínez Garavito

En ocasiones algunas circunstancias tratan de detenernos, de hacernos dudar, de desanimarnos, no obstante, el programa de Dios sigue adelante, lo que Dios a dicho eso se hará.
“Aconteció después de la muerte de Moisés siervo de Jehová, que Jehová habló a Josué hijo de Nun, servidor de Moisés, diciendo: Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel. Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie. Desde el desierto y el Líbano hasta el gran río Éufrates, toda la tierra de los heteos hasta el gran mar donde se pone el sol, será vuestro territorio. Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos. Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo

Moisés te mandó...”, Josué 1:1-9.

Jamás el propósito de Dios se ha detenido ante cualquiera que sean las circunstancias, Dios siempre ha llevado a cabo lo que se ha propuesto dentro de su programa, dentro de sus propósitos. No ha existido nadie en el mundo que haya podido frenar, que haya podido detener el propósito de Dios. En ocasiones algunas circunstancias tratan de detenernos, de hacernos dudar, de hacernos sentir solos, de desanimarnos, no obstante, el programa de Dios sigue adelante, no hay quien lo detenga, no hay quien lo pueda deshacer, lo que Dios a dicho eso se hará. La Biblia dice: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35), esta Palabra es fiel, sus promesas son fieles, y todo lo que Dios a dicho tendrá un exacto cumplimiento.

“Aconteció después de la muerte de Moisés siervo de Jehová…”(v.1). En ese momento hubo una transición, las circunstancias eran muy difíciles, especialmente para el pueblo, habían visto en Moisés un respaldo único de parte de Dios. Josué conocía como este pueblo se rebeló en varias ocasiones y trató hasta de apedrear al siervo de Dios, era un pueblo de dura cerviz; Josué sabía quién era Moisés, por estas razones no le pareció fácil asumir esta gran responsabilidad. Josué había estado cerca de Moisés, recordemos que él estuvo esperando a Moisés en la parte baja del monte, y permaneció allí todo este tiempo sin vacilar, sin claudicar, sin pensar nada negativo, sino que permaneció allí; cuando Moisés descendió al primero que vio fue a este fiel servidor; mientras tanto el pueblo había abandonado el propósito de Dios y se había corrompido, pero Josué estando solo permaneció fiel, era un hombre humilde, era uno que conocía lo que es la autoridad.

Josué conocía el pueblo, estoy seguro de que se sentía nervioso, se sentía temeroso, se sentía pequeño, insignificante, no sabría qué hacer, estaba tal vez lleno de nostalgia, porque había partido a la eternidad un hombre especial, una persona con unas capacidades extraordinarias y con un liderazgo y un respaldo de Dios. El Señor comenzó a tratar con su corazón y hacerle entender, que ahora que había partido Moisés, ahora entraba una nueva etapa para el pueblo, pero que él era el escogido, él era la persona que Dios se había fijado y que este era un privilegio, pero a la vez una gran responsabilidad.

Josué quizás imaginó en su mente todo el recorrido y todas las bendiciones que Moisés recibió, pero también todos los ataques, toda la persecución y todas las amenazas que habían venido contra Moisés y ahora podía venirse contra él y dijo: “Si eso hicieron con Moisés, que Dios estaba con él, que era la voz de Dios a través de él, si eso le pasó, ¿qué no va a pasar conmigo?” Estaba temeroso, no sabía qué hacer.

Dios le dice a Josué: “Mi Siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán” (v.2). Le está diciendo: “No se deje abrumar por la tristeza, por la frustración, por los pensamientos, no se deje arrinconar, no se deje esconder, este es el momento que Dios le ha designado, levántese”. Es como si él estuviese postrado y Dios le dice: “Levántese, salga de ese lugar, esta es la hora, ahora es su turno, ahora es su momento”; Dios le asigna esta responsabilidad y le dice aquí: “Tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos” (v.6).

Y le da los linderos, le asigna desde que lugares ellos iban a poseer esta tierra. Pero les da una promesa: “todo lugar que pisare la planta de vuestro pie” (v.3), aunque Dios le había dicho de tal sitio hasta tal lugar, no significa que ellos tuvieran que encasillarse y encerrarse sólo en ese territorio, porque aquí hay una promesa, les ha entregado todo terreno, todo territorio, “todo lugar que pisare la planta de vuestro pie”, en Dios no hay limitaciones. No puede limitarse cuando hay visión, si en esta obra no hay visión, no se hubiera podido lograr nada, no se hubiera podido avanzar; porque otros ministerios, en países y en lugares con mayores recursos, con mayores posibilidades, no han visto lo que hay que hacer y se han encerrado en un círculo vicioso, años tras años y no han trascendido, no han avanzado, porque ellos mismos se han puesto limitaciones.

No le ponga limitaciones a Dios, porque Él es un Dios amplio, es un Dios de visión, es un Dios grande, Dios respalda la visión. Cuando avanza mirando al Señor, no mirando la dificultades, no mirando la crisis, no mirando la amenaza, no oyendo lo negativo, sino creyéndole al Dios Todopoderoso; logrará avanzar, logrará conquistar y realizar lo que otros no pueden hacer, puede ver lo que otros no ven, donde otros ven fantasmas, donde otros ven peligros, donde otros ven desiertos, usted podrá ver frutos, podrá ver la bendición, podrá ver crecimiento, podrá ver desarrollo, podrá ver avance, entonces dice el Señor: “Levántate y pasa este Jordán”.

El Jordán era el que los dividía, el impedimento era el río, hasta allí habían llegado, pero ahora Jehová le dice: “Levántate y pasa este Jordán”. En otras palabras: “No se quede mirando la tierra de este lado, no se quede mirando el impedimento, no se quede mirando los obstáculos, no se quede viendo los inconvenientes, levántate y pasa este Jordán, levántate y brinca esa dificultad, y lleva al pueblo y repárteles la tierra que yo les doy a los hijos de Israel”.

Dios le da la orden de levantarse y de cruzar el Jordán y de arrebatar la bendición y de hacer provisión para la conquista, no nos podemos detener por las dificultades, hay que avanzar, hay que seguir adelante, el Señor no se detiene y si Él no se detiene sus hijos no se pueden detener, los obreros del Señor no se pueden detener. Esta obra no se puede frenar, Dios seguirá proveyendo, Dios seguirá abriendo puertas, Dios seguirá al frente, el día que nosotros no estemos, Dios levantará a otros, pero esta obra avanzará, esta obra es de Dios, esta obra irá adelante.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

El lenguaje del Amor


Las parábolas de Jesús. Historias que viven en nuestras mentes. Un estilo diferente de comunicación que empleó el Hijo de Dios para evangelizar. Una historia terrenal con significado celestial.


Estaba en una conferencia con un hombre llamado Gary Smalley que me contó que en estos días estaba  preparándose para escribir un libro sobre  la importancia de usar imágenes verbales o historias para comunicar la verdad a un nivel mucho más hondo que la que podemos transmitir con la pura comunicación de datos. Su proyecto apareció en un libro que lleva por título “El lenguaje del amor” y fue escrito por Gary Smalley y John Trent(**). La publicación nos ayuda a ver que nuestras mentes funcionan a una forma muy diferente a la que percibimos, cuando comunicamos simplemente la información de un asunto nos quedamos cortos y no hacemos el impacto que se supone que debe hacer la comunicación. El propósito de toda comunicación es el cambio; si queremos ver cambio en nuestras vidas y familias tenemos que aprender cómo comunicarnos, tal vez puedo ilustrar algo, contándoles lo que  Gary Smalley dice al principio de su libro.
Empieza relatando una historia real de una familia que llegó a una crisis y acabo separándose, lo que sucedió fue que el padre de familia literalmente perdió interés en su esposa e hijos. Se enredó con otra mujer y un día simplemente se fue; fue algo muy difícil para todos y cuando la esposa y su hija trataban de comunicarse con él no devolvía las llamadas o se quedaba tan solo un momento cuando venía a casa, incluso cuando ellas querían que se quedara un poco más, parecía que había cerrado toda comunicación. Entonces un día, sin saber el impacto o la  importancia de una parábola o historia, la hija le escribió a su padre una carta, la carta le llegó junto con otro montón de correspondencia que él empezó a abrir y a leer durante el almuerzo, cuando vio el nombre de su hija como remitente pensó que se trataba de alguna tarjeta de saludo, tal vez por su cumpleaños que había olvidado, pero lo abrió y leyó:

una carta del corazón
“Querido papá: Es tarde en la noche y estoy sentada en mi cama escribiéndote. Muchas veces he deseado hablar contigo durante las últimas semanas, pero parece que nunca hay tiempo para hablar cuando estamos solos. Papá, sé que estas saliendo con otra mujer y sé que probablemente tú y mamá nunca vuelvan a estar juntos.  Esto es muy difícil  de aceptar, especialmente al saber  de que tal vez nunca más vuelvas a vivir en casa, y Bryan y yo no podamos disfrutar de tu presencia como padre todos los días. Pero al menos deseo que comprendas lo que está sucediendo en nuestras vidas.  No pienses que Mamá me pidió que te escribiera. Ella no lo hizo. No sabe que estoy escribiendo, ni tampoco Bryan lo sabe. Simplemente deseo compartir contigo lo que he estado pensando.
Papá, siento como si nuestra familia hubiera estado viajando en un hermoso automóvil durante largo tiempo. Tú sabes, esa clase de coche que a ti te gusta que tu compañía te proporcione, con muchos accesorios opcionales en su interior y por fuera sin un solo rasguño. Pero con  el paso de los años el automóvil ha desarrollado algunos problemas. Echa mucho humo, las ruedas se balancean y el tapizado de los asientos se ha roto. Se ha tornado difícil conducir este vehículo a causa de todas las sacudidas y los bamboleos; pero aún sigue siendo un gran automóvil, o al menos, podría serlo. Con un poco de trabajo, sé que podría seguir marchando por muchos años.
Desde que tenemos este automóvil, Bryan y yo hemos ocupado el asiento de atrás, mientras tú y Mamá iban en el asiento de adelante. Nos sentíamos realmente seguros al tenerte a ti al volante y a Mamá sentada a tu lado. Pero el mes pasado Mamá tuvo que ponerse al volante. Era de noche y acabábamos de doblar en la esquina de nuestra casa. De repente, levantamos la vista y vimos otro automóvil fuera de control que venía en dirección a nosotros. Mamá trató de esquivarlo, sin embargo, el otro vehículo se estrelló contra nosotros. El impacto nos hizo salir del camino y chocamos con una columna del alumbrado. Justo antes del choque, Papá, vimos que tú eras quien conducía el otro automóvil. Y vimos otra cosa: a tu lado estaba sentada otra mujer.
Fue un accidente tan terrible que nos llevaron a todos a la sala de emergencia del hospital. Pero cuando preguntamos dónde estabas tú, nadie sabía. Todavía no estamos muy seguros de dónde estás, o si estás herido o si necesitas ayuda. Mamá se lastimó seriamente. Cayó sobre el volante y se rompió varias costillas. Una de ellas le perforó un pulmón y casi le atraviesa el corazón. Cuando el automóvil chocó, la puerta de atrás golpeó a Bryan. Estaba lleno de cortaduras a causa de los vidrios rotos y se quebró el brazo, así que ahora lo tiene enyesado. Pero eso no fue lo peor. Todavía sigue en un estado de shock y siente tanto dolor que no desea hablar ni jugar con nadie.
En lo que a mí respecta, fui despedida del automóvil. Permanecí allí en el frío durante largo rato con una pierna fracturada. Tirada en el pavimento, no me podía mover y no sabía qué les había pasado a Mamá y a Bryan. Sentía tanto dolor que no podía ir a ayudarles. Desde aquella noche, muchas veces me he preguntado si alguno de nosotros podrá reponerse. Aunque estamos un poquito mejor, todavía estamos en el hospital. Los doctores dicen que necesito mucha terapia en la pierna, y sé que podrán ayudarme; pero desearía que fueras tú quien me ayudará, en lugar de ellos.
El dolor es muy fuerte, pero lo que es peor aun es que todos te echamos de menos. Todos los días esperamos que vengas a visitarnos al hospital, pero tú no vienes. Sé que todo ha terminado; pero mi corazón estallaría de alegría si pudiera levantar la vista y verte entrar en mi habitación. De noche, cuando el hospital está en silencio, nos llevan a Bryan y a mí a la habitación de  Mamá, y los tres hablamos de ti. Hablamos de cuánto nos gustaba viajar contigo y de cómo nos gustaría que ahora estuvieras con nosotros. ¿Estás bien? ¿Tienes algún dolor a causa del choque? ¿Nos necesitas así como nosotros te necesitamos a ti? Si me necesitas, estoy aquí y te amo. Tu hija, Kimberly.
 Kimberly había tratado de decirle a su padre, por qué nos hiciste esto, por qué no vienes a casa, pero todo se le pasó de largo, pero cuando recibió esta nota y la leyó le produjo un cuadro mental del que no pudo escaparse y vio el cuadro del choque cada vez que tenía un momento para pensar. Ese cuadro le comunicó lo que estaba sucediendo en la vida de su hija y de su familia. Aun cuando no todas las historias tienen un final feliz, Kimberly y su imagen verbal fueron los medios para volver a reunir a la familia, la hija no se limitó simplemente a comunicarse con su padre, le contó una parábola y  le pintó un cuadro que lo llevó al núcleo, a la vida del hombre, al punto de que cambió totalmente.
Por mucho tiempo realmente nunca comprendí por qué Jesús puso tantas historias, si uno es predicador y no cuenta historias la gente empieza a reclamarle, si no tenemos cuidado podemos contar historias solo por el gusto de contarlas, pero las parábolas e historias e imágenes verbales son el medio más poderoso de comunicación conocido por el hombre, aparte de la dramatización o reproducción de una situación. No es sorpresa que Jesús que haya sido el mejor que contara historias, tenía verdad que quería depositar en los corazones de su pueblo para que nunca la olvidaran

historias vivas en la memoria
¿Sabían que Jesucristo fue el que mejor ha sabido contar historias de todas las demás personas que jamás hayan vivido en la tierra? Contó historia tras historia que siguen vivas en nuestra memoria. Las historias que contó Jesús a mi juicio no tienen rival, son verdaderamente las más grandes historias jamás contadas, uno puede olvidarse de muchas de las cosas que Él dijo, incluso uno podría olvidar sus mensajes, sus sermones, muchos de los cuales nos presentan en el libro de Mateo, pero es imposible olvidarse de algunas de las historias que Jesús contó, siguen vivas en nuestra mente y no podemos dejarlas en el olvido.
Si leen algún libro de historias de Jesús, verán a los pobres partiendo pan, remendando vestidos y barriendo el piso y verán a un rey marchando a la guerra y al rico con sus graneros al reventar y a la viuda pobre suplicando al juez que le ayude. Verán a dos deudores en contraste uno con otro, verán al fariseo y al cobrador de impuestos de pie en el templo orando, verán a Lázaro y al rico, cada uno a los lados del abismo del infierno comunicando su respectivo destino; hay rebaños y hatos, aves y flores. Hay un lugar solitario donde un hombre cayó en manos de ladrones. Hay un recodo al camino en donde un padre vio a su hijo volviendo a su casa después de haber estado en un país lejano.
Sí, las historias de Jesús viven y respiran a todo color en nuestras mentes. La primera de las historias, de las 7 que contó en Mateo 13, se refiere a un sembrador que salió a sembrar la semilla, después de que el Señor contó esa historia sus discípulos se le acercaron, estaban tratando de figurarse, ¿qué era lo que el Señor estaba haciendo? Es más, al mirar el versículo 10 verán que después de que Jesús terminó de contar su primera parábola, entonces, acercándose los discípulos le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? Esa es una pregunta muy interesante porque ellos no entendían por qué Jesús había adoptado este método de comunicar, lo que Jesús estaba diciéndoles era: “Voy a contarles una historia, y detrás del relato hay una verdad que ustedes necesitan oír”.
Alguien ha definido una parábola como una historia terrenal con un significado celestial; la palabra parábola quiere decir “colocado junto a” o “al lado de”. La idea de una parábola es tomar algo que se conoce y ponerlo al alcance, de modo de poder ilustrar algo que no se conoce, por cierto, de eso es lo que se trata la educación real, educación es explorar lo desconocido mediante lo conocido. Lo que Jesús hizo fue tomar cosas comunes de los aspectos ordinarios de la vida, cosas que los discípulos y los judíos conocían bien y contar una historia usando lo que ya sabían para poder enseñarles algo que todavía tenían que aprender.
¿Qué es lo que Jesús está haciendo? Estaba enseñando de una manera tal que si uno no sabe de qué está hablando, es como un código secreto, esto es lo que va a pasar, va a reunir a toda esa gente, les va a contar esas parábolas luego, después de que la multitud se disperse, los discípulos vendrán y él les dará la clave para el acertijo tan pronto como ellos comprendan. Será como si la verdad estallara en nuestras mentes, entonces comprenden que lo que Jesús les había dado es una gran verdad profética, esto realmente tiene que ver con usted y conmigo hoy, Jesús les explicó a sus discípulos: “porque a cualquiera que tiene se le dará y tendrá más, pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”. Este es el gran principio sobre el cual Dios opera en las vidas humanas hoy, esta es la llave maestra para su crecimiento espiritual, suena como si el rico se hiciera más rico y el pobre empobreciera más.

martes, 13 de diciembre de 2011

¿Cuándo vendrá Jesucristo de nuevo?


“Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor”, Mateo 24:42. Siempre debemos estar preparados para el retorno del Señor, porque nadie sabe el día ni la hora en que ocurrirá.

Nadie puede decir, con cierto grado de certeza, cuándo regresa Jesús, porque Él declaró con toda claridad que ni aun los ángeles del cielo sabían el día. “Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre”, Marcos 13:32.
Podemos observar algunas señales, o indicios, de que su regreso se aproxima (Mateo 24:3; Lucas 21:7). Jesús dijo que habría guerras y rumores de guerras, revoluciones, hambrunas, enfermedades y terremotos en diferentes lugares (Mateo 24:6, 7; Lucas 21:10, 11). Habrá un incremento de la agitación y la anarquía, y finalmente aparecerá el anticristo (2 Tesalonicenses 2:3, 4). Muchos creyentes experimentarán un enfriamiento de su fe (Mateo 24:12). Habrá persecución de cristianos y un período de desorden general. Todas estas cosas están ya sucediendo con creciente frecuencia.
Muchos piensan que otro acontecimiento que debe suceder antes del retorno de Jesús es el restablecimiento del estado de Israel. El Israel histórico desapareció de la escena mundial hace muchos siglos, pero en 1948 se estableció un nuevo Israel. La reubicación de los judíos en Israel constituye una clara señal, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, de que nuestra era está por concluir (Lucas 21:24). El 6 de junio de 1967, los judíos tomaron control de toda Jerusalén por primera vez desde que la ciudad fue capturada por Nabucodonosor en 586 a.C., lo cual indica que la era del poder mundial de los gentiles llega a su fin.
Sin embargo, Jesús dijo que algo importante que anunciaría su regreso sería la proclamación de su evangelio en todo el mundo. “Y será predicado este Evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas ala s naciones; y entonces vendrá el fin”, Mateo 24:14.
Estas son las señales de los tiempos postreros. Siempre debemos estar preparados para el retorno del Señor, porque nadie sabe el día ni la hora en que ocurrirá.
Tesalonicenses 4:16, 17; 1 Corintios 15:51, 52; Mateo 24:40-42.
Zacarías 14:1-9; Mateo 24:30, 31; 2 Tesalonicenses 1:7; Tito 2:13; Judas 14, 15.

El Dios del Salmo sigue operando


Rev. Sinaí Santiago

“Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”, Salmos 23:4.
Yo conocí a Dios siendo un jovencito, tenía apenas unos 15 años cuando comencé a congregar en una iglesia; todo me iba bien y el Señor se manifestaba porque yo lo buscaba en oración y ayuno. A los 17 años me enamoré de una muchacha muy dulce y muy buena, que hoy es mi esposa, pero ella no conocía al Señor –eso se llama yugo desigual– y ese enamoramiento me apartó de la iglesia. Me casé y abandoné al Señor.

Luego de dejar al Señor, apareció en mi vida un problema de salud que comenzó a debilitarme rápidamente. Este problema de salud era dificultoso e incómodo para la vida que llevaba, ya que cuando comía no podía pasar los alimentos –no bajaban al estómago y tenía que devolverlos– al menos que sea con un poco de agua, así llegaba a comer en pequeñas cantidades y eso me sustentaba. A pesar de esta crisis yo hacía hasta lo imposible por comer sin lograr mi cometido, esto me llevó a una situación de salud deprimente, mi cuerpo comenzó a verse muy esquelético.

En un momento dado, visitando a una tía –ella era una médico profesional– me sirvieron alimentos y empecé a comer, allí me dio un mareo, comenzó un calambre en la cabeza y perdí el conocimiento. Con las facilidades que tenía mi tía me pudieron internar inmediatamente, me sacaron radiografías y exámenes de toda clase y dentro de algunos días me dieron el diagnóstico: tenía cáncer al esófago. El médico me dijo: “Te vamos a operar, hay que extirparte el esófago y todo va a quedar bien, aunque vas a estar padeciendo toda tu vida de esto, pero hay que quitarte ese cáncer”.

Yo tenía 17 años, estaba casado y mi esposa embarazada, ya no me quedó otra cosa que llorar. Llorando en aquella cama llegó mi mamá, que hace seis meses se había convertido al Evangelio. Cuando me vio llorando me preguntó qué me sucedía, yo le expliqué lo que el médico me dijo acerca del cáncer que tenía, que me iban a operar y que iba a quedar inútil. Me dijo: “no te preocupes yo acabo de conocer al Señor y voy a orar con unas hermanas y Dios nos va a dar una salida a este problema”.

A los tres días regresó mi madre y me dijo que el Señor me iba a sanar, que no me sometiera a la operación, que ya estaba sano. Yo estaba más tranquilo, yo creí en esas palabras. Hablé con el médico y le dije que ya estaba sano y que no me operara; él me dijo que me dejara de cosas porque ya estaba todo listo. Me llevaron a la sala de operaciones y me abrieron, pero no encontraron nada, el Señor ya se había llevado el cáncer.

Cuando me recuperé de esa operación estaba yo más contento, pero continuaba en las cosas del mundo enredándome más y más. Pertenecía a una organización donde hacía toda clase de cosas con el propósito de recibir dinero, manejaba cantidades grandes, en ese negocio estuve 12 años. En esos años me hicieron tres operaciones más, a pesar que el Señor me había sanado y no había cáncer, yo no podía pasar alimento, continuaba con el mismo problema, cada vez que comía lo devolvía. Todo el dinero que yo ganaba me lo gastaba con los médicos buscando solución a mi problema, me ponían toda clase de medicamentos para sostener los alimentos.

Así pasé mucho tiempo, hasta que a un médico se le ocurrió dilatarme el esófago, me ponían un aparato por la boca para expandir mi esófago. Me dilataban los lunes: salía al hospital, entraba a la sala de operaciones donde me ponían los dilatadores y expandían el esófago, una vez pasada la anestesia despertaba y me iba para mi casa con mi esposa; comía martes, miércoles y el jueves ya tenía que volver a dilatarme de nuevo; el viernes, sábado y domingo comía normal, pero el lunes tenía que volver a dilatarme porque ya estaba cerrado el esófago y los alimentos no pasaban.

Hasta que un día, me acuerdo que era domingo por la mañana, llegó un primo mío a predicarme, le invité a entrar y mientras tomábamos café me habló de Jesucristo; yo me paré y enfurecido le dije: “no hables de Jesús, porque a Él yo lo conozco primero que tú, yo sé que es milagroso”. Saqué toda la documentación que tenía de mi antigua operación y le mostré diciendo esto lo hizo el Señor, el Dios del que me estás hablando.

Terminamos la conversación y él se paró furioso y me dijo: “para que tú entiendas que yo he venido de parte de Dios voy a orar por ti, para que el Señor te pase por el cedazo y entiendas que Dios te está llamando”. Me dio un escalofrío de pies a cabeza; me dio la espalda y se fue y yo me fui tras él diciéndole: “¡Víctor! Espera, no te vayas, vamos a seguir hablando” y me dijo no tenemos nada más que hablar; yo le dije: “mañana voy al hospital, al salir paso por tu casa para seguir hablando”; pero me dijo: “el lunes no vas a salir del hospital”.

Llegó el lunes y a mí se me había olvidado toda la conversación, entraba al hospital como de costumbre, pero el médico que acostumbraba hacerme la dilatación no apareció por ningún lado y llamaron a un practicante quien se sentó frente a mí y me preguntó acerca del proceso de la dilatación. Mi esposa me decía: “vámonos de aquí que este no sabe nada de esto”. “Cómo no va a saber si es médico”, le respondí. Ya con la anestesia puesta, al estar yo aún somnoliento escuchaba que el doctor practicante me preguntaba cómo era la forma de hacer la dilatación, pero en un momento me fui por completo y el doctor hizo lo que tenía que hacer.

A ese médico practicante lo había puesto el Señor, no sé si sería un ángel, pero algo era, porque Dios lo había puesto allí. Cuando terminó con su trabajo se supone que yo despertaría, pero no desperté me quedé en la mesa. Desperté en la noche en un cuarto del hospital y estaba enrollado con la cabeza en medio de las rodillas, me había dado una parálisis. Al abrir mis ojos no veía, tampoco podía hablar, lo único que movía eran los dedos de las manos. A la mañana siguiente vino mi esposa a atenderme, me vio en aquella condición, obviamente ella esperaba que los médicos me atendieran, pero ningún médico apareció.

Me acomodaron en una silla de ruedas, con mi cara en mis rodillas, sin fuerza ni para poder enderezar el cuerpo, lo único que hacía es dar señas con mis dedos, no hablaba solo oía.  Alguien me dijo en una ocasión que “la fe viene por el oír la Palabra de Dios”, creo que por eso el Señor permitió que mi oído estuviera bueno para que yo escuchara la Palabra de Dios. Cuando mi esposa vio que yo no reaccionaba habló con el director del hospital y me hicieron varios estudios. Resulta que aquel médico principiante me perforó el esófago y los jugos gástricos del estómago comenzaron a salirse y a regarse por el cuerpo, se comieron todos los órganos, perdí mi pulmón derecho, el hígado, los intestinos, lo único que quedó dentro de mí sano fue el estómago.

Yo escuchaba que el Señor le decía a mi esposa: “la condición de su esposo es de muerte, este hospital no puede hacer nada por él, no hay médico que pueda hacer algo por él, le ha dado una peritonitis avanzada y le ha destrozado los órganos vitales”. Me había puesto amarillo hasta los ojos. Un día subió el médico que me acostumbraba hacer las dilataciones, él era creyente, y mirándome me dijo lo único que te queda es clamar a Dios.

El Salmo 23 dice: “Aunque ande en valle de sombra de muerte…” Yo andaba en valle de sombra de  muerte, literalmente, pude experimentar lo que es la muerte, en esa condición no tenía ninguna intención para buscar de Dios, sabía que me moría y que iba directo al infierno, pero nada me motivaba a clamar a Dios. En un momento dado el director del hospital me dijo: “Sinaí vamos a hacerte una operación”. Él me había dicho que el hospital no podía  hacer nada, y ahora me dice vamos a hacerte una operación, creo que la idea era sacarme de ese lugar para que dijeran que alguien estaba haciendo algo conmigo.

Me llevaron en una camilla a la sala de operaciones y en el camino el Señor permitió que viera a mi primo Víctor, yo traté de gritarle, pero era inútil, en ese momento comencé a sentir la necesidad de salvación, cuando vi a mi primo con una Biblia en su brazo y acompañado de unas hermanas de la iglesia donde congregaba. Una mujer de Dios, que estaba en el grupo, guiada por el Espíritu Santo, detuvo la camilla y me desarropó; luego gritó: “¡hermano Víctor! Venga que aquí está su primo”. Él se acercó, junto con los demás hermanos, y me comenzó a hablar del Señor, me leyó el Salmo 23: “Jehová es mi pastor; nada me faltará…”, y mientras me leía el Salmo yo lo repetía en mi mente y en mi corazón.

Comencé a clamar y Jehová me escuchó en esos momentos, me sacó de aquella oscuridad y yo sentía la paz de la Salvación. Estaba tranquilo aunque iba hacía la muerte porque ya había conocido la salvación, así que no me importaba morir. La mujer que paró la camilla era una mujer de fe así que dijo: “voy a orar por sanidad”, y comenzó a clamar por sanidad divina; mientras ella oraba mi cuerpo comenzó a enderezarse y tomó la forma, me vino el habla y la vista, comencé entonces a gritar: “Jehová es mi pastor; nada me faltará”, en alta voz. Los camilleros me llevaron de prisa y en vez de llevarme a la sala de operaciones, me llevaron a la morgue, a las neveras, allí me dejaron y se fueron. No sé qué tiempo estuve allí pero al rato oigo voces, eran dos muchachas vestidas de verde, vinieron con un cadáver, lo tropezaron con mi camilla, yo me desarropé para ver lo que estaba pasando, una de ellas salió corriendo como una loca y la otra se quedó allí para auxiliarme, gritaba: “¡hay uno vivo!” Me levanté de mi camilla, estaba desnudo, pero arropado con las sábanas, me puse de pie, pero ella me agarró y me dijo que me quedase ahí.

Me sacaron de la morgue y me llevaron a la sala de operaciones donde yo mismo me bajé de la camilla diciendo que no necesitaba de la operación, yo estaba bien. Ellos me echaron y me abrieron nuevamente, y yo estaba podrido por dentro, había perdido el pulmón derecho, mi hígado, los intestinos, y otros órganos. Me cerraron y me conectaron a un sin número de máquinas, todas sustituyendo a los órganos que no tenía, estaba lleno de máquinas. En esa condición me atendió un doctor, de apellido Castillo, quien con mucho cariño y deseo de ayudarme venía a mi cama a atenderme con tanta devoción y cariño, a aquel montón de huesos tirado en aquella cama, rodeado de máquinas.

Para sorpresa del sin número de médicos que me atendieron durante todo ese tiempo, día a día me tenían que buscar la máquina de rayos equis para hacerme placas, porque sucedía que en los monitores de ellos había un órgano funcionando que se supone no estaba antes. Luego aparecía otro órgano trabajando, los médicos se volvían locos, ellos decían: “si nosotros ya le extirpamos, y ya no había órganos, todo estaba podrido, y ahora aparece un hígado nuevo funcionando”. Así sucesivamente empezaron aparecer órgano tras órgano.

Un día mi esposa recogió en una botella mi vejiga, yo la oriné, cuando la examinaron en el laboratorio era la vejiga en pedazos, estaba podrida, mi esposa la recogió y la llevó al médico. El médico le preguntaba: “y, ¿de dónde la sacaste? ¡No puede ser!”. ¡Sí puede ser! Era mi vejiga, la boté y el Señor me puso una nueva, ese es el Dios que nosotros servimos. Mi estómago que era lo único que había dentro, me lo habían puesto en el lado izquierdo. Yo le decía a mi esposa, tengo un motorcito por aquí funcionando. “Qué motorcito, estás loco” me decía.  Me hicieron una gastrostomía, me pusieron una manguera por fuera para alimentarme porque yo no tenía esófago.

Luego de seis meses, cuando yo cobrara fuerzas me iban a hacer un trasplante de esófago, mi hermano mayor iba a donar una parte de su esófago para mí. Salí del hospital e hice un pacto con Dios, asistí a una iglesia para adorar y darle gracias al Señor. Pero los tratos con mi vida seguían; una noche al salir del templo, abrí mis ojos para llamar a mi esposa, para que me cambie de cama –a mí me tenían que cambiar de cama cada dos horas porque sudaba mucho– y vi un grupo de ángeles, estaban vestidos de púrpura. Uno de los ángeles bajó sus manos y me levantó de la cama, otros ángeles me secaron y me pusieron nuevamente a dormir.

Cuando desperté a la mañana siguiente le expliqué a mi esposa, ella ya estaba acostumbrada a los milagros; también llamé a mi mamá, ella me dijo que esa era una visitación de Dios. “Y si Él te ha visitado es porque ha hecho algo grande en ti, ve al médico”, me dijo mi mamá. Hice arreglos para ver al médico nuevamente, cuando entré me encontré con el doctor que me atendía, él al verme empezó a llorar. Le expliqué lo que me había pasado, que era la razón para que me quiera hacer los análisis, me llevó a uno de los cuartos y me tomó radiografía. Apareció con unas placas y me dijo: “ves esto, es un esófago y tú no lo tenías, Dios te puso un esófago, el Señor es hacedor de maravillas, Él crea órganos y tejidos, ¡Aleluya!” dijo el doctor. También mencionó: “hay un problema ese esófago es muy delgado, hay que probarlo”. Mandamos a comprar unos huevos duros y papas los que comí sin ningún problema.

Tengo un esófago fino, pero el Señor permite que todo lo que coma pase sin ningún problema. Recuerdo que un día cuando estaba acostado sentí la voz de Dios, Él estaba sentado en mi cama y al despertar me dijo: “puedes dormir tranquilo porque la ira de Jehová se ha apartado de ti”. ¡Gloria a Dios! El Señor tuvo que venir a posar sobre mí para decirme que ya todo terminó, que la prueba ya pasó. Ahora aquí estoy para la gloria y honra de su nombre. ¡Aleluya!

Conociendo Israel con el REV.JOSE SOTO y el REV. JORGE ALVARES

Aqui veremos un esudio de una de los lugares mas extraordinarios de todos los tiempos , donde segun la fe cristiana se cree que vivió nuestro JESUS. Bueno en este video haremos un recorrido por toda esta tierra llena de historias y de martirio de victorias y de derrotas y veremos personalmente cada lugar que relata la biblia esperamos que sea de bendicion para todos ustedes.


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¡Cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!


Rev. Rodolfo González Cruz

“¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra! Has puesto tu gloria sobre los cielos… Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Salmo 8:1-4).
Dios hizo un universo infinitamente grande. Los hombres de ciencia no alcanzan a ver el final del espacio sideral, donde se encuentran los astros, galaxias y todas las constelaciones. Se dice que se necesitarían millones de años para atravesar todo el espacio y lo que duramos en vida es, a lo mucho, setenta años.

Matusalén vivió novecientos sesenta y nueve años. Este hombre no llegó ni a los mil años, y de mil a un millón hay bastante diferencia. El trono de Dios, del cual la Biblia habla, está mucho más allá de todas las galaxias.

Cuando llegó al cosmos, Yuri Gagarin -primer cosmonauta ruso- dijo que no veía a Dios por ningún lado. ¡Qué ignorancia! y parecía un científico.

Un cristiano evangélico llamado Neil Armstrong fue el primer hombre que llegó a la luna. Al estar sobre la superficie, dejó una placa donde estaba escrito el Salmo 8. Años después se convirtió en un predicador del Evangelio, reconociendo la grandeza de Dios. Este hombre de ciencia que, no solo llegó al cosmos, sino mucho más allá, exalta y glorifica el nombre de Dios.

A lo largo de la historia existieron hombres extraordinarios, que han realizado grandes aportes a la sociedad, con inventos y descubrimientos que, en la actualidad, son de gran utilidad para la humanidad:

                La primera universidad que existió en el mundo fue cristiana evangélica.
                La primera imprenta  la hizo un cristiano evangélico.
                La primera máquina de coser fue inventada por un cristiano.
                El primer equipo para tomar placas o radiografías lo descubrió un cristiano evangélico.
                El primer automóvil fue hecho por un cristiano llamado Rodolfo Diesel.
                El primer avión fue inventado por dos hijos de un cristiano evangélico.
                El helicóptero, la televisión, el teléfono, la electricidad, el telégrafo, entre otros fueron hechos por cristianos evangélicos.

¿Quién no ha oído hablar de los premios Nóbel? Nóbel era un cristiano evangélico que aportó más de doscientos inventos y descubrimientos para la ciencia. Posteriormente, donó sus bienes para que los estudios y avances científicos continúen y así apoyar a aquellos que están trabajando en favor de la sociedad.

En África del Sur, un cristiano evangélico realizó el primer trasplante de corazón. Es así que muchos cristianos han efectuado innumerables aportes científicos.

¿Es el cristianismo un atraso? ¡De ninguna manera! El cristianismo es cultura, avance, prosperidad, bienestar y felicidad.

Dejando de mirar las manos de Dios para mirar su rostro



Rev. Sinaí Santiago

Si fijamos la mirada en las manos del Padre Celestial, quedarán opacados sus demás atributos, y perderemos bendiciones quizá más profundas todavía.
“También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como uno de los jornaleros.

Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaban lejos, lo vio su padre y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo, y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse”(Lucas 15:11-24).

Este pasaje de las Sagradas Escrituras se conoce como la parábola del hijo pródigo. Aquí el hijo menor decide alejarse de su hogar y de su familia, para malgastar su herencia. Asimismo cuando una persona se aparta de Dios, desecha las bendiciones y los tesoros eternos de Dios, a cambio de placeres vanos, costosos y efímeros.

Sin embargo, no solamente este joven quedó en ruina, sino que el país donde vivía sufrió una hambruna. Para no morirse de hambre, aceptó ejercer una ocupación que era abominable para los judíos: apacentar cerdos.

No obstante, con el transcurso de los meses y el aumento de la miseria, aquel hombre volvió en sí. Recordó que en la casa del padre, donde había sido bendecido tanto, hasta los jornaleros tenían abundancia de pan. Entonces decidió volver.

Las Escrituras indican que su padre lo reconoció de lejos, y corrió hacia él. De la misma manera, cuando uno de Sus hijos decide regresar a Su casa, el corazón de Dios, que rebosa de amor, se apiada de él.

1. PONER LOS OJOS EN LOS BIENES, EN LAS REGALÍAS, Y EN LAS BENDICIONES DEL PADRE

El fallo inicial de aquel joven consistió en que puso sus ojos en los bienes, en las regalías, y en las bendiciones de su padre. En ciertas ocasiones, las bendiciones pueden volverse contraproducentes y tornarse en algo negativo.

Cuando esto sucede, corremos el mismo peligro que el hijo pródigo. En efecto, nuestra vida espiritual empieza a patinar, porque nos hemos acostumbrado al cúmulo de bendiciones. Entonces nos cegamos y apartamos la mirada del rostro de Dios, para fijarnos solamente en su mano que bendice. Hoy en día, hay mucha gente que conoce al Señor solamente como alguien que da, y sus oraciones consisten siempre en exigencias y solicitudes. Y estos son como el hijo pródigo, quien le dijo a su padre: “dame lo que me corresponde”.

Aquel joven nunca vio claramente el rostro de su primogenitor, sino solo sus manos. En otras palabras, nunca le dio importancia a la bondad de su padre, no gustó de su misericordia, ni tampoco supo apreciar la mirada de amor que reservaba a sus hijos. El hijo menor se centraba de forma exclusiva en los beneficios materiales que podía sustraerle a su padre en su calidad de heredero. Amados, si fijamos la mirada en las manos del Padre Celestial, quedarán opacados sus demás atributos, y perderemos bendiciones quizá más profundas todavía.

En el momento cuando el padre vio a su hijo venir de lejos, corrió hacia él. Aquel hombre sabía que el joven ya no podía exigirle dinero ni herencia, por cuanto se las había entregado. Si volvía a la casa del padre, era sin intereses personales, por cuanto ya no le esperaba nada allí, excepto el perdón y trabajar como cualquier jornalero para ganar su pan de cada día.

2. LA BENDICIÓN DE PONER LOS OJOS EN EL ROSTRO DEL PADRE

Aunque no le quedaba ningún beneficio económico por recibir, el hijo pródigo decidió acercarse de nuevo a la casa paterna para morar en el lugar de bendición. Decidió cambiar la mirada que le dedicaba a su padre, y verlo como los jornaleros que trabajaban en su hacienda.

Después de abrazarlo y perdonarlo, el padre dio órdenes con respecto a su hijo: 1) Que lo vistieran con las mejores ropas; 2) que le pusieran un anillo en su mano; 3) que lo calzaran; 4) que mataran al becerro engrosado; y 5) que se celebrara el retorno.

Como denotan estos actos, el padre devolvió a aquel joven todo lo que el mundo y su descarrío le habían arrebatado. Más allá de recibir de nuevo bienes terrenales pasajeros, importaba que fuera restaurado como hijo y heredero de la casa.

El reencuentro con Dios cambia la vida del ser humano. El padre pudo ver que su hijo volvía diferente; el mismo joven que se había mostrado arrogante, que exigió su herencia antes de tiempo, venía ahora cabizbajo, humillado, reconociendo que no merecía que su padre lo recibiera de nuevo en su casa. Aquel hijo era nuevo, y había desplazado su mirada de la mano de su padre para fijarla en su rostro bondadoso.

También el padre dijo que el muchacho se había perdido, pero ahora había sido hallado (Lucas 25:24). Y es que cuando uno se va de la casa del padre, no importa dónde se meta ni a quién frecuente, está igualmente perdido. Mas cuando regresa, los cielos celebran su retorno con fiestas. Esto lo dijo el propio Señor Jesucristo: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento […] Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (Lucas 15:7-10). A su regreso, el hijo pródigo no fue recibido como un jornalero, aunque lo merecía, sino que retomó la posición de hijo.

Jacob también fue un hombre que abandonó la casa de su padre a causa de sus errores. No obstante, aquel hombre tuvo un encuentro con Dios que transformó su vida para siempre; porque por primera vez, alzó sus ojos para ver el rostro del Padre: “Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma”(Génesis 32:30). Pero este encuentro con Dios tuvo consecuencias, y fue que Jacob nunca más volvió a caminar como solía. El varón que luchó con él le descoyuntó la cadera (Génesis 32:25-31).

Cuando Jacob miró a Dios cara a cara, dejó de ver en Él únicamente la mano que suple. En efecto, en su huida de la casa de su padre, dijo: “Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje en que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, y si volviere en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios” (Génesis 28:20-21). Aquel hombre dejó de ver la mano que le suplía, para poner sus ojos en el rostro de Dios.

Amados, Dios nunca ha cesado de ser bondadoso, y este es el día para que miremos Su rostro, y apartemos la mirada de las bendiciones y de las añadiduras. La bondad de Dios y Su infinito amor nos devolvieron la esperanza y nuestra posición de herederos del reino de los cielos.

Una rendición total de mi voluntad


Rev. Gustavo Martínez Garavito

“No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre”, Juan 5:30.

UNA RENDICIÓN TOTAL DE MI VOLUNTAD A LA VOLUNTAD DE DIOS

Hay una voluntad general que es la que Dios quiere para toda la raza humana. Dios no quiere que ninguno se pierda y que todos sean salvos. Este es el plan más grande que el Señor haya trazado: que el hombre sea redimido, por ende disfrute de su gracia y comunión. Él nos creó para alabanza de su gloria, y que le sirvamos con todo el corazón.

También hay una voluntad individual, y es la que el Señor quiere que hagamos. Tenemos el caso de Jeremías, que había sido traído a este mundo para que fuera un profeta, en una época de mucho descarrío y de frialdad espiritual. En un momento de su llamado quiso rehusar y decir no puedo, “porque soy niño” (Jeremía1:6), y Dios le contestó: “No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás lo que te mande” (Jeremías 1:7).

“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que naciese te santifiqué, te di por profeta a las naciones”(Jeremías 1:7). El Señor le dio capacidades para que cumpla la labor, eso es la voluntad individual, eso es lo que Dios quiere. David dijo: “Jehová cumplirá su propósito en mí” (Salmo 138:8). Sabemos que el muro más grande que el Señor encuentra es nuestra voluntad, porque esta se niega a someterse, le gusta hacer lo que bien le parece.

Las generaciones de hoy son: rebeldes, materialistas, entre otras cosas más e ignoran y desechan la voluntad de Dios. A pesar que vivimos en una época difícil, llena de carnalidad y de poca espiritualidad; encontramos que la Iglesia puede cumplir el propósito de Dios. La Escritura nos dice: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento” (Marcos 12:30).

El aceptar la voluntad de Dios es ponernos de acuerdo con Él, es tener comunión con Dios. Recordemos que Jeremías le habló al pueblo y les dijo: “Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él... Mas dijeron: No andaremos” (Jeremías 6:16). Entonces Dios tuvo que entregarlos a Babilonia, así acabó con la arrogancia de ellos y pudieron entender que Dios era bondadoso, fiel y misericordioso.

El Señor dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23). Cuando dice “si alguno quiere venir” está hablando que si alguno de su propia voluntad puede aceptar venir a Dios. Esa persona no es presionada, Dios le ha dado libre albedrío, así puede aceptar o rechazar, puede amar o aborrecer, puede decir sí o no.

La gente ama lo fácil, ama aquello donde no le exijan, puede ir al culto, dar una ofrenda; todas esas cosas las hace, con tal que no le cambien el rumbo de su vida, y llevar a cabo sus planes; la mayoría dice que ama a Dios, pero el Señor dice: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21).

Si no muere nuestra voluntad no haremos Su voluntad. La Biblia dice: “La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12). Es la Palabra la que va a quebrantar el estuche que cubre el espíritu

El frasco de alabastro que quebró María llenó de olor toda la casa. Podemos creer que el frasco fue importante, pero lo importante es lo que está dentro, así la fragancia se hará sentir. María hizo un acto donde primero se rindió, entregó su corazón; y luego dio su ofrenda. Eso fue lo que Dios vio en Caín, él trajo una ofrenda conforme a su deseo; pero Abel trajo una ofrenda conforme a la voluntad de Dios, se rindió y entonces procedió luego a entregarlo.

María derramó nardo puro, que habla de vida, que es exquisito. El nardo puro, no traía mezclas, ese perfume representa lo divino. Dios quiere: pureza, integridad, entrega, que no hayan mezclas, que no haya hipocresía, que estemos aquí cuerpo, alma y espíritu. “Que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis… sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios…”(Romanos 12:1-2).

Algunos vieron la acción de María y dijeron: ¡Qué entrega, qué generosidad! ¡No tuvo en cuenta el precio ni escatimó que era muy valioso, lo dio todo!  Pero otros murmuraron: ¡Esto es un gran desperdicio, debió haberse donado a los pobres! Cuando alguien entrega su vida al Señor, la familia es la primera en señalarle y a decir: ¡Cómo se atreve a desperdiciar su tiempo! ¡Dios no necesita de su vida, Dios no necesita de tanta consagración!

Judas era un discípulo de Jesús, no era un hombre íntegro, era egoísta, si se recolectaba dinero y estando en su poder robaba, lo administraba mal. Un hombre espiritual no puede decir que cuando uno se consagra, que cuando uno realiza algo importante para la humanidad está desperdiciando el tiempo. Es el carnal que empieza a estorbar y a murmurar.

Gedeón tenía un ejército que era demasiado y no apto de rendirle la gloria a Dios. Esa vez se devolvieron veintidós mil, y quedaron diez mil hombres. Pero aún era demasiado, así que quedaron trescientos hombres, quienes estuvieron dispuestos a entregarlo todo, a hacer lo que fuera por su pueblo. No le dio armas para la batalla, sino que le dio una estrategia diferente a la militar. Gedeón utilizó trescientos cántaros de barro, y dentro de las vasijas metió teas que estaban encendidas (así pasaron inadvertidos), y también llevaron trompetas.

Cuando sonaron las trescientas trompetas, entonces quebraron los trescientos cántaros y tomaron las trescientas teas encendidas, esto causó un impacto grande en el enemigo que tembló, se estremeció y se confundió. Los madianitas enloquecieron y comenzaron a atacarse unos a otros. Mientras los cántaros estaban intactos no había luz. Para que se vea la luz que está en su corazón, tiene que ser quebrantado el cántaro y así la luz de Cristo se verá.

“No puede el Hijo hacer nada por sí mismo…”, Juan 5:19. Pedro trató de persuadir al Señor de que no vaya a Jerusalén, porque en ese lugar le esperaba un gran martirio. Cristo había venido a este mundo con una misión específica, única, y era redimir al hombre. Fue a la cruz, que era lo más crucial, lo más difícil; pero antes de eso no hubo ni un solo momento en la vida de Cristo aquí en la tierra que hubiese olvidado que había venido para hacer la voluntad del Padre. Por eso tenemos que esperar que la dirección venga de Él, no puede venir de nosotros, ni para agradarnos, ni para agradar a los hombres, sino para hacer la voluntad del Padre.

Cuando la familia y los más allegados le piden que deje el camino, ahí es cuando nosotros tenemos que saber que no estamos aquí para agradarnos, o queriendo agradar a los demás buscando nuestro bienestar. Si sólo queremos agradar a los demás, somos dignos de conmiseración, dignos de nada, somos manejados por los sentimientos nuestros o de los otros. Estamos aquí para obedecer al que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable, que nos sacó de este mundo, y nos dio su gracia y misericordia, extendiéndonos su mano y nos levantó.

Jesús primero tuvo que despojarse de su trono. El NT dice: “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”(Filipenses 2:6-8). Él se despojó de los privilegios y la gloria, para poder venir a este mundo.

Y por haberse humillado voluntariamente entregándose hasta la muerte de cruz, Dios el Padre “le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor…” (Filipenses 2:9-11).

Cuando estuvo aquí en la tierra, tuvo que despojarse del manto que lo identificaba como maestro, y tomó otro manto como se ceñían los esclavos, los siervos. Mientras no nos despojemos de nuestra investidura, de nuestro apellido, de nuestros privilegios, y de nuestras comodidades materiales no podremos servir al Señor, no podremos brindarle un verdadero servicio, hay que despojarse primero para poder hacer Su voluntad.

En una ocasión los discípulos fueron a comprar algo de comer. “Entonces salieron de la ciudad, y vinieron… los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come. Él les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús le dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:30-34). Es decir, que la mejor satisfacción para el siervo, para el que ha sido enviado, es hacer la voluntad del que le envió y terminar pronto su obra.

Él sabía lo que habría de sufrir. Por eso se estremeció, su sudor se convirtió en gotas de sangre, y “como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Isaías 53:7). Jesús le dijo al Padre: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). Le está diciendo: Si hay otra manera para redimir al hombre, pero que no sea como yo quiero.

“Sacrificio y ofrenda no te agrada; has abierto mis oídos; holocausto y expiación no has demandado. Entonces dije: He aquí vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón”(Salmo 40:6-8). “Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí” (Isaías 6:8). Cristo se rindió. Se levantó de la oración y le dijo a sus discípulos: “Levantaos, vamos; he aquí, se acerca el que me entrega” (Marcos 14:42), ya es la hora, ya no se puede retroceder, si retrocede no agradará al Padre.

Cristo sabía que le esperaba la cruz y marchó con firmeza, con voluntad, ¿sabe por qué lo pudo hacer? Porque Él se había quebrantado en el Getsemaní, su propia voluntad la había enfrentado y la quebrantó, la doblegó. Había rendido totalmente su voluntad a la voluntad del Padre, y cuando eso sucede se libera el gozo, la paz. Él dice: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado”(Isaías 26:3).

A la carne no le gusta el sufrimiento, ni la burla, ni el rechazo. Cristo sabía que tenía que enfrentarse a la hora más crucial y más decisiva de toda su historia. Ahí Satanás con toda su fuerza, con todos sus demonios iban a tratar a toda costa de impedir que Cristo se sometiera voluntariamente. La Biblia nos dice: “Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba... Volvió, pues, a preguntarles: ¿A quién buscáis? Y ellos dijeron: A Jesús nazareno. Respondió Jesús: Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos”(Juan 18:4-8).

Se entregó voluntariamente, la Biblia nos dice: “Por eso me ama el Padre, porque yopongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar…” (Juan 10:17-18). Fue un acto que brotó de Jesús, porque la entrega tiene que salir de nosotros, tiene que ser voluntaria, no tiene que ser con presiones, ni porque otros nos persuaden, sino que debe salir de nuestro corazón.

Jesús no reaccionó violentamente ante la turba, Él se entregó voluntariamente. “Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha… Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; la copa que el padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan 18:10-11). Jesús le dijo en ese momento a Pedro: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que Él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” (Mateo 26:53-54).

“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar”(Hebreos 12:2-3).

Jesús vino a cumplir la voluntad del Padre para arrebatarle el acta a Satanás con la cual tenía sentenciada a muerte al hombre. “Os dio vida juntamente con Él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:13-15).

Amados, digamos al Señor: Me rindo totalmente, sin reserva alguna, no me importa el precio, no importa lo que el carnal y el mundano diga de mí, no importa que diga que estoy desperdiciando mi vida, no me importa nada de eso. Estoy aquí para hacer la voluntad de Dios, estoy aquí no para complacerme, estoy aquí para complacer al Padre. Señor, por encima de mi propia vida está el hacer tu voluntad, no importa si tengo que ir al sacrificio, no importa si tengo que ser un mártir, no importa si tengo que sufrir, ¡Heme aquí, quiero hacer tu voluntad!